miércoles, 21 de marzo de 2012

Reinas y carnavales

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La prensa atraviesa por una obligada transformación. Solo la calidad, sustentada en la libertad y la verdad, asegura larga vida a la buena prensa. Y la muerte o el olvido para aquellos medios que se valen del silencio o de la exaltación del dolor humano como una materia prima en el intento de inmovilizar comarcas enteras.

Estas meditaciones renacen en los libros publicados por la CAF y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano - FNPI, liderada por Gabriel García Márquez, tras sucesivos talleres sobre ética, periodismo profesional y la empresa periodística en América Latina, con participación de experimentados editores y reporteros de habla española.


Uno de esos libros es dedicado a los Carnavales de Barranquilla, conjunto de crónicas, largas y bien escritas, que despiertan “un fervor medioeval”. El carnaval tiene su Rey Momo y sus reinas, figuras que encuentran su origen en la burla del pueblo de la tradicional jerarquía de las monarquías. Décadas atrás la monarquía se reproducía no con burla popular sino con gran veneración y una fuerza inaudita.

En los últimos años, proliferan las reinas de arriba abajo de la sociedad y se extienden a la región: la reina oficial, la popular, las reinas del barrio, las de los vecindarios, la reyna gay, la reina infantil, las reinas de los pueblos limítrofes y las otras muchas soberanas. La democratización del reinado. Y se debe en parte a la sapienza popular urbana que entiende que si todas organizan su reinado y eligen su reina se ampliará el círculo de participantes y de compromiso con la fiesta popular fortaleciendo así su propio carnaval.

En Barranquilla hay una innovación. Las Abuelas galácticas, en la vía Batalla de las Flores. Se disfrazan como conejitas, como personajes de película fantástica. Este ejército de abuelos constituye una de las imágines más extravagantes en el Caribe colombiano. El requisito es tener más de 65 años. La Mucura de la Tercera Edad compite con el protagonismo de cientos de bailarinas, de modelos semidesnudos. Les gusta ganar el título de “reina de reinas”, más que el de reina popular.

Por tradición estas reinas han sido siempre “niñas bien”, de familias influyentes, educadas en colegios caros dirigidos por monjas. Y sin son designadas por su gracia, pero primero por aquello. El carnaval dura dos meses, desde su preparación. Es mucho lo que gusta de la fiesta traída de Europa que sirvió para resistir las jerarquías monárquicas y darle rienda suelta a la risa, el país, el placer, lo prohibido, lo grotesco y lo erótico.

La identidad del carnaval es el mestizaje del mestizaje. Por eso esta convencida de que el único modo de preservar el carnaval como algo vivo, sin nostalgia, es continuar con la mente abierta hacia el mestizaje e intercambio cultural que sugiere inclusive la aparición de disfraces personajes de la política internacional.


La remembranza de los Carnavales, así como su interpretación dentro de la cultura y el nuevo periodismo, se advierte en la “invención de lo cotidiano” de Michel de Certau, cuando señala que los procedimientos populares (también minúsculos y cotidianos) juegan con los mecanismos de la disciplina, la creatividad dispersa, táctica y artesanal de grupos o individuos.

En igual forma, Mijail Bajtin, en su aproximación al pensamiento de Rabelais, nos legó la figura mítica del héroe novelesco o sus propuestas sobre el carnaval. Es el gran teórico de la risa, de lo cómico y de lo grotesco, y del poder (o contra-poder) que ejercen las escenas irrisorias de las prácticas carnavalescas, sus ritos, los ceremoniales y la lógica ambivalente de su puesta en juego.

La seriedad en tanto que forma autoritaria, en tanto que ejercicio del poder que se establece para intimidar o prohibir, queda al descubierto con el carnaval y sus dispositivos escénicos. El Nuevo Periodismo subsistirá y en alianza con la nueva tecnología que hace posible la democratización de la información, para hacer frente a los conglomerados que ignoran la libertad y la verdad.

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