miércoles, 6 de junio de 2012

La enfermedad, de Virginia Wolf a House

Pedro Antonio Curto (Desde España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Dejamos de ser soldados en el ejercito de los erguidos; nos convertimos en desertores.” Con esas palabras se refiere la escritora Virginia Wolf a quienes enferman en un poco conocido ensayo, “Estar enfermo”. Y sabía de lo que hablaba. Marcada por la muerte temprana de su madre y una hermana, la de su padre la llevó a ser internada en un sanatorio. El suyo era un cuerpo frágil que fue azotado por males físicos y mentales que la obsesionaban. El dolor está presente en su obra, así en la novela “Mrs. Dalloway” lanza una feroz crítica contra la forma en que los médicos tratan las locuras y las depresiones. Quien denunció la opresión cultural y social de las mujeres, ve también al enfermo como un ser desprotegido en la escala de valores, pues como dijo, se deja de pertenecer al ejército de los erguidos, para formar parte del ejército de los tumbados. Y resulta un ejército derrotado de antemano. Ella tenía conciencia de pertenecer a este último y fue la obsesión por la enfermedad, la principal causa que la llevó a hundirse en el río Ouse con los bolsillos llenos de piedras para que las aguas se convirtiesen en su sepultura.

Si como enferma Virginia Wolf hubiese conocido a House, no creo que le habría agradado ese tipo impertinente, canalla y misántropo, aún incluso con sus brillantes diagnósticos. Como escritora, el talento y la excentricidad del particular médico la hubiesen seducido y quizás hasta lo habría convertido en personaje de alguna de sus novelas.
La serie House no es una más de las producciones que versan sobre temas médicos y que tanto abundan en las pantallas. Es algo así como lo que Don Quijote representó respecto a las novelas de caballerías en su tiempo. Porque House a través de su original protagonista se enfrenta a la enfermedad y su curación con un prisma diferente. En teoría la medicina aborda el tratamiento del paciente desde una filosofía humanitaria que se recoge entre otros aspectos en el juramente hipocrático, principios que son puestos en cuestión por el doctor Gregory House. Pues éste sitúa la relación idílica entre el enfermo y su sanador como un conflicto.

Si hay algo a que tenemos derecho cualquier individuo, independientemente de nuestra condición social o económica, es a la soberanía del propio cuerpo, a disponer de él como mejor creamos y cuando padece algún mal, basta con entablar una relación cordial con el mecánico que pretende recuperar el mecanismo averiado. Pero House nos dice que la cuestión no es tan simple. Con su bastón de cojo con malas pulgas, señala que existe un conflicto de soberanías; la del paciente que defiende un territorio, frente al médico que penetra en ese territorio. Poco importa que esa penetración sea consentida y necesaria, se está avasallando nuestra habitación interior. Como metáfora de esa invasión es la práctica del equipo médico del hospital Princenton-Plaisboro de allanar la vivienda de los pacientes. Con ese método (que dudo se realice en ninguna parte) se expone que no conocemos a nuestro cuerpo y que es lo que mejor le conviene. Como repite este doctor a medio camino entre Sócrates y Sherlock Holmes, todos mienten. La enfermedad nos infantiliza convirtiéndonos en niños traviesos. Somos príncipes destronados de nuestro propio imperio, el cuerpo que habitamos. En eso House choca con la Wolf, la cual dijo: “Hay en la enfermedad, confesémoslo (y la enfermedad es el gran confesionario)una franqueza infantil; las verdades se sueltan abruptamente y se dicen cosas que oculta la cauta responsabilidad de la salud.” Porque House analiza el comportamiento del cuerpo humano sobre la base de unas deducciones detectivescas, busca la resolución del caso, la verdad, pero se aleja de la parte más humana que lo comprometería. En un capítulo, el familiar de un enfermo le pregunta: “¿Cómo puede tratar a un paciente sin conocerlo?” A lo cual él le responde irónico: “Es fácil si te importa un carajo. Es lo mejor, si las emociones te hicieran más racional, no se llamarían emociones. Por eso nos dividimos el trabajo, ustedes son la familia y yo el médico.” Y eso que House, como Virginia Wolf, es un cuerpo sometido al dolor que les lleva a una pulsión autodestructiva. Es el todo para el enfermo pero ausentándose de su voluntad. El “consentimiento informado” que aparece en algún capítulo, no deja de ser un protocolo y a veces hasta un obstáculo para un fin mucho mayor. En realidad parece que el brillante doctor observe al paciente como una cobaya. ¿Necesita hacer eso la ciencia para romper ciertas barreras? Es lo que entiende House cuando se ausenta de las emociones para encontrar resultados, esa verdad profunda que se mueve entre tinieblas de mentiras. En un episodio, Foreman, miembro de su equipo, le espeta: “¡Lo entubó y él no quería que lo hicieran! Tiene un documento legal que lo dice.” A lo cual House le responde filosófico: “Entubar o no entubar, esa es la gran cuestión ética. En realidad esperaba que pudiésemos evitarlo y tal vez solo practicar un poco de medicina.” Sin embargo en otra ocasión cuando Foreman es contagiado, es él mismo quien acusa a House de cobardía por no atreverse a aplicarle un tratamiento demasiado agresivo. Porque la indiferencia tiene un límite y la división del trabajo lo ha hecho pasar al campo de las emociones. Aunque en otro capítulo ocurre lo contrario. Su jefa, Cudy, salva a su jardinero empujada por el sentimiento de culpa, un coraje que el propio House por una vez reconoce. Quizás porque el cuerpo es ambivalente y contradictorio, y la medicina que lo trata, también. Además, y eso es uno de los aciertos de la serie, cada cuerpo es una geografía única, llena de vericuetos, con un comportamiento diferente. Ya lo dijo Virgina Wolf: “el asombro que resulta de que, cuando las luces de la salud se apagan, emerjan países aún sin descubrir.” Y el doctor House es un aventurado viajero en esos países por los que Virginia Wolf navegó.

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