viernes, 30 de agosto de 2013

Cine clásico: “Muerte en Venecia”, de Luchino Visconti (1971)

Luis Muñoz Díez

La película “Muerte en Venecia” es la adaptación de la novela “La muerte en Venecia” de Thomas Mann, de una forma tan personal como todo lo que hacía Luchino Visconti. Tanto en la novela como en la película, el protagonista, llamado Gustav von Aschenbach, cuyo apellido puede traducirse como “Río de Cenizas”, está claramente inspirado en el compositor Gustav Mahler, y para mayor identificación su Adagietto de la Quinta sinfonía suena como fondo y es protagonista de una película en la que se habla de la belleza y de su posición inalcanzable: “Aquél que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir“.



En este caso la belleza o la perfección se materializa en un adolescente llamado Tadzio, al que presta su desmayada belleza Björn Andresen, que representa una idealización, con el que el músico no mantiene, ni lo pretende, contacto físico alguno, ni tan siquiera intercambia una sola palabra, porque la belleza cuando es completa ha de ser así: un mero reflejo de la verdad.

Gustav von Aschenbach, encarnado por un Dirk Bogarde, muy lejano al tiránico sirviente que interpretó para Losey ocho años antes, llega a Venecia sumido en una depresión profunda después de sufrir un sonoro fracaso en el estreno de su última obra, unido a un fracaso personal que arrastra y que ve reflejado en el espejo en donde no ve reflejado ni resto de juventud ni de belleza, y como contrapunto aparece Tadzio, que significa la belleza, la juventud y sobre todo la esperanza que él ya no tiene. Su drama existencial tendrá como escenario una ciudad que vive a dos ritmos: uno el lujo de los hoteles donde disfruta la aristocracia y otro donde está presente la miseria en la que viven los habitantes de la ciudad. Una ciudad donde las autoridades se niegan a reconocer que hay una epidemia de peste, como si de una metáfora social se tratase, la pobreza del los venecianos no la soluciona la ostentosa estancia de esa aristocracia en sus hoteles, pero si se fueran supondría directamente el hambre.

La película cuenta con una ambientación y vestuario como solo ha llevado a la pantalla el realizador italiano, que como el mismo protagonista de Muerte en Venecia buscó durante toda su obra la perfección y la belleza. Vestía a sus actores con sedas, encajes y terciopelos recamados en plata y oro, trajes a ser posible auténticos, planchados y almidonados de la misma forma que se hacía en la época.

El director de El gatopardo mantiene en esta película su preocupación por el fin de una época, de una era en que la aristocrática era la clase dominante. Representada esa decadencia en la figura y la inquietud del protagonista al que Dirk Bogarde interpreta de una manera doliente y que duele al verlo. El fin de la aristocracia es una temática constante en toda su obra, que expone con una dualidad titánica en la que demuestra su lucidez de intelectual brillante mientras ve la necesidad del cambio social, pero se aferra contando las historias desde su punto de vista: que no es otro que el de un “Príncipe italiano”.

Visconti supo recrear la decadencia como nadie, quizá porque formaba parte de ella. Un detalle en la película es cuando nos descubre a la madre de Tadzio, a la que da vida una bellísima Silvana Mangano; con la cara velada, abre un valioso libro de una manera tan delicada que casi encierra ahí el espíritu de la película.

Muerte en Venecia fue rodada en 35 mm, aprovechando la luz natural.



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