miércoles, 21 de agosto de 2013

Lo mejor y lo peor (sobre una fábula griega)

Susana Merino (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuenta la leyenda que Epaminondas, un acaudalado ciudadano ateniense, se despertó aquel día más temprano que de costumbre y menos cascarrabias que otras veces. Era una mañana muy agradable pues aunque el sol brillaba ya firmemente en el cielo, el persistente y suave soplo marino prometía brindar a los atenienses una agradable jornada, algo que Epaminondas con su imprevisto buen humor no dejó de advertir. Realizadas sus abluciones matinales, salió como habitualmente solía hacerlo a recorrer el jardín de su vasta residencia y fue entonces cuando decidió que era la más perfecta oportunidad para agasajar esa misma noche a sus mejores amigos.

De regreso a la mansión lo primero que hizo fue llamar a Ciriaco, su esclavo más lúcido con el objeto de encargarle realizar las compras para lo que ya imaginaba sería su banquete más brillante. De modo que llegado Ciriaco a su presencia le dijo:



He decidido preparar esta noche un banquete e invitar a mis mejores amigos, ve por lo tanto al mercado y compra lo mejor que encuentres en él.

Ni lerdo ni perezoso salió el buen esclavo camino del mercado pero sin imaginar aún ni remotamente que es lo que podría o debería comprar allí. Pensó en los mejores pescados, en los mejores crustáceos, en los mejores corderos, pero no acertaba aún a decidir qué era lo mejor de lo mejor y así mientras presuroso se dirigía a complacer a su amo, se le acercó una viejecita pordiosera que con una sonrisa angelical, para detenerlo le tiró suavemente del quitón diciéndole un poco precipitadamente:

Veo por tu aspecto que debes ser el esclavo de un hombre rico y has de llevar suficiente dinero para hacer las compras como para que puedas darme una dracma y yo pueda comer, apiádate de mí…

El esclavo se detuvo sorprendido y conmovido ante la dulzura y la miseria de aquella pobre viejecita no pudo menos que darle lo que le pedía. La viejecita agradecida invocó en alta voz a todos los dioses del Olimpo y lo colmó de bendiciones. Siguiendo su camino Ciriaco ya había encontrado respuesta para su preocupación, y sabía qué era lo que debía comprar en el mercado e iba repitiéndose convencido: lengua, lengua, lengua…

Entró en el mercado y sin la menor sombra de duda se dirigió al mejor puesto de menudencias requiriendo la lengua más grande que hubiera. El vendedor se la entregó complacido y Ciriaco emprendió el regreso más contento que unas pascuas. Al llegar mostrándole al amo la enorme lengua que había conseguido agregó: “Este es el mejor regalo que han hecho los dioses a los hombres” “¿Cómo que esto es lo mejor? ¿Te estás burlando de mí? Gritaba casi fuera de sí Epaminondas, a lo que el criado tratando de calmarlo le replicó con humildad:

Sí, mi amo es lo mejor porque con la lengua podemos decir te amo a quienes queremos, podemos elogiar las virtudes de nuestros amigos, podemos alabar a los dioses, podemos contar hermosas historias, podemos suplicar perdón por nuestras faltas, podemos expresar nuestras ideas y compartirlas con los demás ciudadanos, podemos, podemos, podemos…y siguió enumerando tantas cuantas ventajas positivas podían atribuírsele a la lengua.

Asombrado Epaminondas y bastante herido en su amor propio por la sagacidad de su esclavo, fue recuperando su casi perdida calma y no tardó en elaborar una idea que le permitiría poner a prueba la astucia de su criado y recobrar ante sí mismo lo que había sentido como un menoscabo de su solvencia intelectual. Y así fue que decidió enviar nuevamente al mercado a Ciriaco con la siguiente orden:

Ve nuevamente al mercado y tráeme sin demora lo peor que puedas encontrar en él.

Y allá fue Ciriaco raudamente preguntándose de qué modo podría cumplir ahora con los deseos de su amo, sin que por el momento pudiera ocurrírsele la menor idea. Era tal el apremio que llevaba que dio sin querer con una piedra del camino lastimándose un dedo que, de los demás, sobresalía en su sandalia. Fue tal el dolor y la vista de la sangre que comenzaba a emanar de la herida que no pudo menos que blasfemar contra los dioses que no le habían protegido de aquel imprevisto que retrasaría su carrera hacia el mercado. Y entre blasfemia y blasfemia le surgió nuevamente la idea de qué era lo peor que debía comprar en el mercado.

Ya algo repuesto del dolor, aunque rengueando un poco todavía, logró llegar al mercado y dirigiéndose al puesto de las menudencias le pidió nuevamente al vendedor…una lengua. El vendedor que lo reconoció como al comprador que ya había adquirido la anterior, lo miró algo perplejo pero le vendió otra lengua sin chistar.

Cuando muy ufano llegó Ciriaco al lugar en que con una sonrisa semi irónica lo esperaba su amo y a pesar del estupendo día casi se desata una tormenta. No terminó de mostrarle a Epaminondas su nueva adquisición, otra lengua, cuando vomitando rayos y centellas lo amenazó con mandar a azotar por lo que consideraba una burla:

¡Mala “pécora”! (aunque supongo que lo habrá dicho en griego) ¿te estás burlando de mí? Te mando a comprar lo mejor que pudieras encontrar en el mercado y me traes una lengua y te encomiendo lo peor y me vuelves a traer una lengua. Mal rayos te partan, hijo de los infiernos! Yo te enseñaré…

Ciriaco, bajó los ojos, sumamente atribulado y suplicante le pidió al amo que le permitiera explicarle el porqué de lo que parecía tan extraña reiteración, a lo que aquel, casi por milagro y sintiéndose más magnánimo que de costumbre accedió:

Perdóneme mi amo pero esto es lo peor que encontré porque con la lengua se puede maldecir a los dioses, se puede insultar a los adversarios, denostar a los enemigos, difundir mentiras, mandar a encarcelar, a azotar y a matar, pronunciar anatema, vilipendiar a los vecinos, condenar a inocentes, y calumniar y… siguió enumerando interminablemente todos los aspectos negativos que podían atribuírsele a la lengua.

Salvándose así de los azotes y dándole al amo toda una lección que este aceptó resignadamente y aprovechó para ofrecer a sus amigos un espléndido festín basado en un suculento, abundante y exquisito ¡guiso de lengua!

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