viernes, 14 de marzo de 2014

Cuando el fútbol nos pone a prueba: Juguemos en el bosque

Kurt Lutman (REDACCIÓN ROSARIO)

“Se prueban chicos categoría 2006/5/4/3/2”. El afiche pegado en la puerta del club no sorprende y, por el contrario, entusiasma. Las pruebas que se realizan en los clubes infantiles son cada vez más y la mayoría están atravesadas por una dinámica que vale la pena observar.

En una “prueba de jugadores” (niños) no hay “tiempo”. En una prueba -que consiste en un partido de 30 ó 40 minutos- el niño debe:



Entregarse al juego de manera relajada para así poder desplegar todas las habilidades y conocimientos.

Construir lazos inmediatos con sus compañeros desconocidos para poder potenciarse como equipo.

Aprender seis nombres más en tres minutos ya que un juego colectivo sin comunicación es inviable.

Desplegar en cuarenta minutos toda su destreza individual y colectiva, con el marco descrito anteriormente y con esas condiciones lúdicas.

Lograr el único objetivo que está instalado, que es ser parte de los poquitos que estarán dentro. Sobresalir para así pertenecer y no ser rechazados, no ser excluidos del futuro equipo y de la institución.

A este clima lúdico se los somete a los niños en esta época del año (enero/febrero). Se trata de pibes de entre seis y diez años, y sobre estas pruebas existe la creencia de que se definirá parte de su carrera y o futuro.

Metamos la cuchara en las exigencias de los cinco puntos desarrollados arriba:

Es imposible entrar relajado a un juego en el que no se conoce a nadie, te llaman por el apellido y tenés 40 minutos para demostrarle a alguien, que tampoco conocés, que sos “valioso” y mereces ser incluido.

Al ser un juego de equipo es vital, para desplegarte individualmente, apoyarte en la confianza y el afecto de tus compañeros. Esta ingeniería lleva “tiempo”. En estos espacios existe la urgencia, no EL TIEMPO, todos son desconocidos y el estado anímico del chico no es contemplado.

A contratiempo el niño tratará de registrar a sus compañeros de alguna forma. Aprender los nombres es una de ellas, aunque imposible debido a que sólo ha convivido durante 150 segundos que fue el tiempo que demandó reunirlos, enunciar sus nombres y apellidos en voz alta y darles las pecheras para distinguirlos en dos equipos. Pecheras que ni siquiera están numeradas, lo que impiden encima poder decirle: “Tocá 5”.

En ese barullo anímico el silbato da la orden de que empiece el partido/prueba. El niño se siente desconocido y desconoce al resto. Al correr en exceso y descoordinado del resto, y sumado a la incomodidad del marco de juego, se llena de ácido láctico. Este líquido que segrega el cuerpo ante situaciones de presión y estrés hacen que las piernas no respondan como deben. La cuenta regresiva de 40 minutos aprieta, si el niño se equivoca en alguna jugada su ánimo disminuirá y el resto de los desconocidos, que usan su misma pechera, no podrán hacerse cargo de inflarlo, sostenerlo y apuntalarlo ya que la trama del juego es sobresalir por sobre el resto.

Al término de la práctica el niño es llevado a un costadito para que le devuelvan la prueba “corregida”. La sabiduría encarnada en el Zoquete con silbato dará el veredicto. Adentro o afuera. Ser parte o quedar excluido. Sos valioso o no. El crimen culmina cuando el niño luego de haber vivenciado el episodio…lo cree. El crimen empezó cuando los padres del niño lo creyeron.

Creer y reventar.

De esta lógica perversa es imposible escapar como padres. Todos los que llevamos a nuestro hijos a una prueba de jugadores “creemos” en el adentro o afuera. Todos vamos a querer que nuestro hijo sea aceptado y pertenezca, y esta alegría desbordante hará invisible al resto de los gurises y su tristeza.

A la generación de quienes hoy somos padres se nos fogueó en esta creencia. De la dictadura para acá ése fue el código y el lenguaje. Adentro o afuera. Hay lugar sólo para pocos. Triunfás o sos un fracasado.

Acompaño a mi hijo hasta la puerta del club y llegamos obedientes 5 minutos antes de la hora acordada. Entramos de la mano y de golpe sin buscarlo me cae una ficha que viene atada de angustia. Parpadeo y me siento un pelotudo. A la creencia ya la tengo adentro hasta el cogote y en ese momento llaman a mi hijo para anotarlo antes de la prueba de jugadores. Él sale corriendo y siento que se me escapa de las manos. El órgano más sensible del hombre es el hijo, diría Fontanarrosa.

A la vuelta, ya en casa, giro y lo veo jugando distraído a otra cosa. Agradezco a Dios que se haya olvidado (¿se habrá olvidado?) de las dos horas que pasó hace un ratito. No quedó en el equipo. No fue elegido. Afuera. Consideraron que no era lo suficientemente valioso.

Otra ficha cae y me sacude. Entiendo que estuve “preso” de esta creencia llena de mierda durante toda mi vida y se la convidé a la persona que más amo en el mundo.

Se la expliqué para que la crea. Se la mastiqué para que la morfe.

Le hablé de fútbol, de estrategias y formas, sabiendo que lo iban a evaluar, le hablé de sacrificio y que no pare de correr ya que a los que eligen en las pruebas eso les gusta. Todo ese tiempo de charlas, demostraciones y enseñanzas culminó en algo terrible…mi hijo me creyó.

Aturdido, me propongo que ahora empiece “mi” prueba y esto me calma.

Ahora juego yo. Armar nuevas creencias. Romperme para re armarme.

Pongo la pava y no sé porqué pero camino hasta el estante de papeles. Abro en la mitad un cuaderno viejo de anotaciones y me topo con una frase escrita en lápiz hace años: “La búsqueda de la libertad, mi amigo, es declararse la guerra…”. (Castaneda).

Artículo publicado en la edición 135 del periódico El Eslabón.

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