miércoles, 19 de marzo de 2014

La imperfección inevitable de la justicia

Franklin Bassarsky

La imperfección inevitable de la justicia se debe, en parte, a la imperfección inevitable de la ley y la imperfección de la ley es un caso particular de la imperfección inevitable de toda generalización en ciencias fácticas.



Lo que tienen de bueno las ciencias formales, como la matemática, es que permiten construir entidades mediante la enumeración de unas cuantas propiedades, liberándonos así de las infinitas propiedades que tienen los objetos "reales", por lo que éstos son mucho menos manejables que los abstractos construidos.

En cuanto al grado de libertad que debe tener un juez para interpretar la ley, es difícil cuantificarlo, pero sí se puede decir que es preferible tener buenos jueces con cuerpos legales no tan buenos, a tener jueces incapaces o "inmorales" o con mentalidades cerradas y rígidas, con cuerpos legales excelentes. Seguramente así se haría más justicia.

 Es notable cómo mentes racionales y abiertas se transforman en extremistas, dogmáticas y cerradas, frente a la inseguridad que genera el carecer de una referencia externa que nos proteja. Protección que da respuestas a todas las preguntas dentro de un ámbito y que constituye una referencia externa endiosada, a la que llamamos LEY.

Parecería que la seguridad se transforma en un valor que prevalece sobre el valor justicia. El intento de satisfacer esta necesidad de seguridad es en gran parte lo que explica la creación de doctrinas, textos sagrados y “manuales del buen...”.

Enfrentarse a la complejidad de las circunstancias propias de cada caso genera temor y haraganería intelectual, típicos generadores de actitudes simplificadoras y totalitarias. Un ejemplo es la interpretación literal de la Biblia, que ha dado lugar a tantos horrores. Otros hijos de este desafío ante la complejidad, son el autoritarismo que consiste en abusar y gozar del poder que da el ser juez, con el pretexto de hacer cumplir la letra de la ley en forma estricta, sustituyendo la culpa de actuar así, con el orgullo, la intolerancia, que a veces se confunde con firmeza y es natural que los que no son suficientemente maduros busquen padres firmes y seguros, estrictos , que sepan qué es lo bueno y qué es lo malo y que eso sea simple, la deshumanización, es decir que mando al cadalso a un tipo quizás injustamente pero cumplo con mi deber, me debo a la LEY- léase PATRIA en otros ámbitos y el fanatismo: no admito NINGUNA excepción, la ley es SAGRADA. La proclamada muerte de las ideologías tiene aspectos indeseables, pero es una reacción frente a esas posturas que elevan la obediencia a la doctrina (por ejemplo la doctrina legal) por sobre todos los valores, incluyendo la vida y la libertad.

Lo anterior contiene interpretaciones psicológicas, así que es discutible, pero un indicio confirmatorio es eso de "en el momento protesto porque no me gusta, pero luego agradezco al juez, o director del torneo (léase a mi papá) que fue severo conmigo y me hizo marchar derechito". La intolerancia ejercida por el padre, se transforma curiosamente en una virtud, porque le da seguridad y lo justifica en su tendencia a actuar así con sus subordinados. Escuché muchas veces "es un hombre exigente", a modo de elogio, pero no porque se trata de un profesor que exige que sus alumnos sepan para aprobarlos, sino porque rechaza el vino si no es de muy alta calidad. Se elogia la estrictez, el cumplimiento y la obediencia, por sobre la tolerancia, la comprensión del congénere y la humildad. En el profesor que reprueba a un alumno por no haber cumplido con alguna obligación meramente formal (esa es la ley), aunque le conste que sabe mucho, veo también soberbia.

A veces le llamamos "vueltas y más vueltas" a los intentos por comprender más profundamente algo. No toda reflexión compleja y extensa es vueltera, en el sentido de complicar algo simple. Por supuesto, el complicar artificialmente las cosas para disfrazarlas de vuelo intelectual, me parece tan repudiable como el simplificarlas por los motivos que ya mencioné.

Perderse en discusiones vacías en las que predomina la intención del lucimiento personal, puede ser cosa típica de algunos petulantes, pero no creo que sea ese el caso en el planteo del problema general de los límites o líneas rojas o el más particular de los criterios con los que un juez debería manejarse. Estos problemas son cosas, así que si vamos a ellos, vamos a las cosas. Si discutiéramos problemas abstractos, mal definidos, dando más peso a las palabras que a sus significados, sería adecuada la recomendación de ir a las cosas.

La filosofía, ejercida seria y honestamente, concebida como una búsqueda cooperativa de sentidos y verdades, es una actividad tan legítima como la investigación científica y ciertamente más importante, en mi opinión, que especular en la Bolsa. Pero a un broker argentino nadie le diría "argentino, a las cosas" (**). Nada más natural (aunque infrecuente y no muy bien visto en esta época materialista, pragmatista y utilitaria), que dialogar sobre asuntos como la verdad, la belleza, la comunicación y....la justicia. Claro que para ver en eso algo natural, hay que liberarse de prejuicios dominantes. Uno de ellos es hacernos confundir lo útil con lo valioso.

Esta moda utilitaria también se refleja en planteos como "¿Para qué discutir o plantear situaciones hipotéticas?". A veces es útil, como herramienta de análisis, plantear situaciones imposibles. Y mucho más, si esas situaciones hipotéticas son posibles, como ha sido el caso del juez que no recibe una prueba decisiva porque se ha presentado dos minutos fuera de término. Después de todo, el conocimiento avanza en gran parte gracias a preguntas del tipo ¿qué sucedería si...?" En este caso, ¿cómo creemos que debería actuarse si...? Lo que sigue al "si" son hipótesis.

Sería muy bueno que la ley fuera menos imprecisa en muchos casos. Pero por más que la redacten matemáticos, suponiendo que así se alcance la máxima precisión posible (lo que es muy dudoso), no alcanza para resolver el problema general que estamos discutiendo. En ese caso sólo se reduciría el conjunto de situaciones en las que este problema se podría presentar.

A quienes advierten del peligro de buscar/encontrar interminables pretextos para no cumplir con las reglas, tanto por parte del acusado como por parte del juez, les respondo que ese es, efectivamente, un peligro, porque hacer cumplir las reglas, pero sin fanatismo, es mucho más difícil, arriesgado y comprometido que transferir toda la responsabilidad de las decisiones a algo externo a uno, como es el reglamento. Me parece más importante la calidad del juez que la calidad del cuerpo legal. En una comunidad con buenos jueces, prefiero arriesgar, cosa que no significa que el accionar de un juez no deba estar limitado por lo que la ley establece. Está claro que un juez no debe legislar.

Esto es análogo a los casos en los que el miedo a escuchar pretextos cierra la mente para escuchar buenas razones. Y también a dogmatismos como el de algunos psicoanalistas que interpretan todo razonamiento como racionalización, toda admiración como envidia, toda llegada tarde a sesión como resistencia al tratamiento y hasta todo cuchillo soñado como símbolo del pene. Esta cerrazón de la mente, esta inflexibilidad, está reforzada por el hecho de que a veces (pero no siempre), se comprueba que esas interpretaciones son correctas y además significaron un importante descubrimiento que deslumbró, quizás exageradamente.

*) Matemático. Jugador y docente de go. Este ensayo se publica con carácter póstumo.
**) Referencia a la célebre exhortación del pensador español José Ortega y Gasset al pueblo argentino: “¡Argentinos, a las cosas!”

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