jueves, 10 de abril de 2014

Plástica: Impresionismo y aire libre en el museo Thyssen-Bornemisza (Madrid, España)

ARGENPRESS CULTURAL

El tema de la exposición que nos presenta el Museo Thyssen Bornemisza es el origen y el desarrollo de la pintura al óleo al aire libre, verdadero motor de la renovación artística del siglo XIX y que eclosiona en el movimiento impresionista.

Fueron los paisajistas residentes en Roma durante el neoclasicismo, a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, los que empezaron a realizar estudios al óleo del natural con la finalidad de profundizar en la representación realista de la naturaleza y, de paso, confeccionar repertorios de motivos para utilizar en sus composiciones elaboradas en el taller. Desde entonces, la pintura al aire libre constituyó una práctica firmemente asentada en la tradición académica.

A lo largo del siglo XIX, la evolución de la pintura al aire libre estuvo dominada por la llamada a salir del estudio e ir en busca de la naturaleza. La práctica de la pintura al óleo al aire libre fue impulsada por diversas motivaciones, desde la exigencia de observar los fenómenos naturales con una precisión científica hasta la necesidad de vivir en medio de la naturaleza, buscando una comunicación espiritual con ella.

Con el paso del tiempo y ya a mediados del siglo XIX, la fractura existente entre pintura al natural y pintura en el estudio se fue desdibujando. Así ocurre ya en artistas del realismo como Corot, Courbet o Constable, quienes realizaron trasvases de ambas técnicas, y , especialmente, con los paisajistas de la Escuela de Barbizon, como Daubigny Theodore Rousseau, que expusieron en los Salones de París sus cuadros realizados íntegramente en plena naturaleza.

Pero fueron los impresionistas los que pintaron siempre al aire libre, desde el principio hasta los últimos toques en el lienzo, tratando de atrapar lo efímero y momentáneo de la luz. En cualquier caso, ni siquiera un artista como Monet, que afirmaba que su taller estaba en la naturaleza, se pudo substraer de retocar sus obras en el taller, una práctica que se hizo cada vez más común hacia el final de su vida.

La exposición nos presenta un total de 116 obras con representación de diferentes escuelas.: la inglesa con Constable y Turner; la alemana con Carus o Hodler; la española con Carlos de Haes y Sorolla; la norteamericana con Asher B Durand; pero especialmente la escuela francesa, destacando los paisajes de Valenncienes, Corot, Rousseau, Daubigny, Courbet, Boudin, Monet, Renoir, Cezanne y Van Gogh.

La presentación de la exposición sigue un recorrido temático: A lo largo de las salas veremos los paisajes de ruinas, tejados y azoteas, rocas, montañas, árboles y plantas, el agua en sus formas de cascadas, arroyos y ríos, lagos, cielos y nubes y el mar. Esta presentación esboza una verdadera iconografía del paisaje y nos ofrece interesantes diálogos entre los artistas: Turner y Constable, Corot y Courbet, Monet y Van Gogh, o Renoir y Sorolla.

La evolución estilística es la misma en todas las secciones: Del paisaje del neoclasicismo académico de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX pasamos al paisaje romántico que prima las evocaciones emotivas y la exaltación panteísta por la naturaleza, y de ahí al paisaje del realismo de mitad del siglo XIX, a veces con una tendencia científica muy marcada.

El momento de mayor realismo es el que marca el impresionismo desde Monet a Van Gogh y Cezanne, para acabar, ya en los comienzos del siglo XX, con las estilizaciones del simbolismo y las subjetividades decorativas del expresionismo.

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