lunes, 25 de agosto de 2014

Plástica: Crónica de una visita al Museo de Arte de Philadelphia (2/4)

El Ave Fénix




Una de las obras principales de este espléndido "Museo de Arte de Philadelphia" es la pintura “Prometeo encadenado” del artista holandés Paul Rubens (1577-1640), obra creada (óleo sobre tela) entre 1611 y 1612; es una obra de grandes dimensiones: 243 centímetros de alto y 210 centímetros de ancho.

Según la rica mitología griega, todos los Dioses (era una religión politeísta, como actualmente es el Hinduismo), vivían en el Olimpo, en donde guardaban el fuego sagrado de la inteligencia superior que ellos poseían, fuera del alcance de todos los seres inferiores (o seres no-divinos). Prometeo fue un titán o un Dios menor que robó una chispa de esa llama y se la transmitió al ser humano, gracias a lo cual éste posee una inteligencia de más alto nivel que todos los otros seres, considerados como especies inferiores. Por ese delito, Prometeo fue castigado por el Dios Zeus (el padre de todos los Dioses), por lo cual Prometeo fue condenado a vivir encadenado por siempre a una roca del Monte del Cáucaso, una región entre el Mar negro y el Mar Caspio.

Pero además resulta que Prometeo sabía el terrible destino que le esperaba a Zeus, conocimiento que se negaba a compartir con nadie; ante esa negativa, Zeus le agrava el castigo ordenando que un águila gigante le devore constantemente su hígado; dado que Prometeo era inmortal, su hígado era devorado por el águila durante el día y crecía nuevamente durante la noche, eternizando así el castigo; Zeus, además le advierte a Prometeo que provocará tormentas tan fuertes que tumbarán montañas sobre él, quien a pesar de todo ello no cede ante esas amenazas.

De esta y otras leyendas mitológicas existen muchas versiones y variantes; en una de ellas se afirma que finalmente Prometeo fue liberado de su condena por Hércules, el Dios de mayor fortaleza física.

Esta pintura muestra a Prometeo encadenado a la roca y al águila gigante comenzando a devorar su tórax; una de las garras del águila oprime el abdomen del personaje mientras la otra garra aplasta su rostro contra la roca, retorciéndose por el dolor; al fondo se ve las nubes de la tormenta en ciernes. Cerca de la esquina inferior izquierda del cuadro, Rubens agregó un tronco en llamas, para agregar más energía y movimiento a la escena.

Rubens fue un pintor barroco, un estilo que muestra mucho drama y dinamismo, riqueza de color, fuertes contrastes entre claros y oscuros; las pinturas barrocas son intensas y captan los momentos cumbres de las leyendas e historias mitológicas y religiosas. En términos generales, las mitologías son religiones que han pasado de moda, religiones en las cuales ya nadie cree; ¿nuevos tiempos?, nuevos "Dioses", nuevas supersticiones y nuevas creencias...

Para comprender mejor la esencia del estilo barroco, su exuberancia e intensidad, basta compararlo con el estilo inmediato anterior, el "Renacimiento", el cual muestra escenas tranquilas de la cotidianeidad de la vida; inclusive cuando los artistas renancentistas pintaban santos, vírgenes y figuras religiosas las mostraban casi estáticas, con emociones contenidas y en actitudes relajadas o contemplativas.

El Barroco, en cambio, se concentra en los momentos cumbres y en las escenas álgidas de las historias, en los momentos más fuertes e intensos. Casi todas las pinturas barrocas muestran esa plétora y sensualidad vital. Para muestra esta escena de Prometeo siendo devorado por un águila gigante: un acto vertiginoso, violento y de gran turbulencia.

Veamos algo de la estructura geométrica subyacente en esta hermosa pintura: es fácil ver que sus dos elementos principales son la línea diagonal que comienza en la esquina superior izquierda terminando en la esquina inferior derecha del cuadro, por una parte, y el círculo grande que encierra los principales elementos de la obra.

La línea diagonal inicia su recorrido en el borde inferior de la rama izquierda del árbol, baja recorriendo el borde exterior del muslo derecho del personaje, atraviesa oblicuamente el cuello del águila, pasando por la axila y la nariz de Prometeo y terminando en el segmento de la cadena que está atada a la argolla en la roca. Esa extraordinaria línea diagonal parte el área del cuadro en dos triángulos de áreas similares, casi idénticas; esa gran transversal enfatiza el movimiento de la escena, al mismo tiempo que equilibra los elementos y pesos de la pintura.

Esa gran transversal divide las partes del cuadro en cuanto a luminosidad, pues separa la parte más luminosa del cuadro (triángulo inferior izquierdo) de su parte más oscura (triángulo superior derecho); en cada uno de esos grandes triángulos, además, existen contrastes en cuanto al claroscuro. Así, vemos que en el triángulo superior derecho (de carácter más oscuro) las alas del águila aparecen destellos reflejando la luz del sol, esa parte de las alas está contrastadamente más iluminada que los bordes de las alas y el resto del triángulo, los cuales exhiben colores opacos, sombreados y oscuros, incluyendo el tronco del árbol. En el triángulo inferior izquierdo, por otra parte, vemos que la claridad y luminosidad que muestra la piel del personaje tienen su contraparte en la oscuridad de la sombra de las rocas y la sombra del torso de Prometeo.

Ahora veamos la figura geométrica del círculo al centro del cuadro, es un círculo de amplias proporciones que engloba e integra los principales elementos de la pintura: comienza arriba, justo en el centro de la parte posterior del ala derecha del águila, baja hacia la izquierda rozando el borde izquierdo de las rocas, baja hasta la axila izquierda del personaje y sube siguiendo el borde posterior del ala izquierda del águila, hasta terminar cerrando el círculo en su punto de partida.

Tanto la diagonal como el círculo son conceptos geométricos vitales e intensos, que reflejan movimiento y actividad, lo cual refuerza el carácter dramático que Rubens quiso imprimir a esta pintura. Muy distinto el caso de las líneas verticales (equilibrio y estabilidad) y de las líneas horizontales (paz y reposo) usadas por otros pintores en otro tipo de cuadros.

El punto de máxima luminosidad del cuadro está en la intersección de sus dos largas diagonales, permítanme explicarme mejor: si dibujamos imaginariamente una enorme letra "X" formada por las dos diagonales de la pintura, es decir, por la diagonal que comienza en su esquina superior izquierda terminando en su esquina inferior derecha y la que comienza en su esquina superior derecha terminando en su esquina inferior izquierda), la intersección de ambas líneas, es decir, el centro de la letra "X" imaginaria es exactamente el punto de color blanco-dorado de la parte posterior del cuello del águila; ése es el punto focal del cuadro, su zona de suprema iluminación, de máxima concentración de luz.

Todos esos elementos geométricos, pictóricos y de iluminación fueron magistralmente utilizados por Rubens; con ello logró la unidad dentro de la diversidad; logró el equilibrio dentro de la pasión y el vértigo de la escena; de ahí que esta obra pueda contemplarse por largos ratos sin causar fatiga visual, pues el inconsciente del espectador capta la estructura atrás de las imágenes, la organización lógica de todos sus elementos, el equilibrio entre sus pesos y contrapesos, todo genialmente tratado por el insigne Rubens.

Es asombroso el efecto de tridimensionalidad de esta obra, pues los dos principales elementos de la misma (Prometeo y el águila gigante) aparecen perfectamente ubicados tanto verticalmente como horizontalmente en un claro primer plano; pero al mismo tiempo Rubens logró la perspectiva, es decir, logró la profundidad mediante la lejanía del paisaje, conjugando perfectamente las dimensiones de largo, ancho y profundidad.

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