miércoles, 26 de noviembre de 2014

El hombre de la ciudad vieja

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



- Me habían dicho que no volvería.

- Vine para recordar.

- Recordar es una manera de morir.

- No, amigo, es un modo de recobrar lo perdido.

El hombre, barba gris y espejuelos con montura de oro, comenzó a caminar con pasos de turista. Sus tenis amarillos contrastaban con el azul desteñido de su bluyín y con una camisa de algodón crudo con bordados indígenas.

- Cuando me fui no estaban el edificio de la aguja, y menos el metro y todavía en Guayaquil vendían frutas, carne salada y pescado.

Las palabras le salían despacio, como si no quisiera que terminaran. Sus ojos, en los que se adivinaban tormentas de mares lejanos, se llenaban otra vez de ciudad, de la suya, aquella que guardaba en la memoria. Así, no le era posible observar los cambios, sino las permanencias. O lo que él imaginaba que no había sido arrasado por las excavadoras del tiempo.

Vio otra vez el café San Remo, La Alhambra con sus camiones de escalera que iban a los pueblos, o llegaban de ellos, las cacharrerías con un surtido que iba desde estampitas de santos hasta folletos de poesía parnasiana. En Junín vio muchachas preciosas que se tomaban instantáneas.

Sus pasos eran cada vez más despaciosos como si con ello quisiera quedarse en otro tiempo, o, mejor dicho, que el paisaje interior, el suyo, no cambiara. Subió a Prado y aunque muchas casas eran las mismas, aunque con menos brillos, ya eran otros sus habitantes. No quería verlas transmutadas en ebanisterías o consultorios. Se emocionó, sí, con los caserones republicanos convertidos en sedes teatrales.

“La ciudad vieja habita en mi memoria”, se dijo. Recordó la estación del tren, la estatua de Cisneros, los campesinos con bultos de naranjas, los avisos multicolores de fábricas en El Volador y en las colinas de Enciso. “Vine a buscarme”, le oí decir.

- Cómo le parece la ciudad de hoy- , le pregunté, sin convicción.

- Es distinta. No es la mía.

Él también era otro. Hablaba, incluso, con un acento neutro. “Antes, la ciudad tenía colores malva y el cielo era más limpio”, recordó en voz alta.

En La Playa, lo único reconocible para él era la Casa de los Barrientos, que, sin embargo, veía más gris que antes, según dijo. “Esta ciudad no envejece”, le dije. “Ah, sí. El viejo soy yo”, dijo con tristeza contenida. En el firmamento había un vuelo de palomas.

Lo vi alejarse, lento, como si quisiera quedarse. La ciudad vieja se iba con él.

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