martes, 4 de noviembre de 2014

El misterio de la belleza

José Luis González (Desde Santiago de los Caballeros de La Antigua Guatemala, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Confieso que sólo hasta que leí -y medité con detenimiento- la máxima que se le atribuye a Víctor Hugo, cuyo tenor dice: «La muerte y la belleza son dos cosas profundas que tienen tanto de azul como de negro y parecen dos hermanas, terribles y fecundas, con un mismo enigma y similar misterio» (1), advertí de que no sabía realmente qué era -y qué es- la belleza, aún cuando creía saberlo, porque pensaba -como muchos- que se trataba de un simple adjetivo de uso corriente, como la moneda bien maculada del trato diario, para calificar estéticamente algo. Entonces, me surgieron las siguientes interrogantes: ¿Es posible atrapar la belleza en un concepto? ¿Cumple la belleza una función relevante y fecunda en la vida? ¿Se pueden definir los contornos y parámetros -si es que los tiene- de este sublime y anhelado valor? ¿Dónde exactamente se puede hallar? ¿Es posible pensar que el misterio de la belleza es una de las razones por las cuales la vida (la vida plena, por supuesto) se hace posible y digna de ser vivida? Caí en la cuenta al final, dándome prácticamente por vencido, de que la belleza es, como la muerte, un enigma avasallador.

Desde luego, reconozco mis limitaciones y sé que tales interrogantes son de difícil contestación, por lo que no tengo la intención de dar en este texto respuestas o pretender ofrecer una guía concluyente de pensamientos necesariamente válidos, sino más bien exponer un itinerario personal de búsqueda y tanteo dentro del marco de referencia que proporcionan aquéllas preguntas; apenas un sondeo sobre el sentido de la belleza como misterio y cuya búsqueda constituye, para mí, una de las tareas más altas y apreciadas a las que pudiera aspirar el ser humano. En otras palabras, dar unas pinceladas que reflejen el efecto maravilloso de la luz, como los pintores impresionistas, a sabiendas de que dibujar con precisión los contornos de la belleza, que es una luz tan intensa, es acaso una empresa utópica.

Para comenzar, obsérvese que la belleza no sólo es -como podría creer la mayoría- una percepción (experiencia sensorial) que procura una sensación de placer o un sentimiento de satisfacción; o bien una disciplina filosófica o artística, de la cual sólo entiende un pequeño sector erudito, que, con una serie de galimatías, se ocupa del estudio de lo bello como parte de la teoría de los valores estéticos. También, a mi juicio, podría ser la noción de algo profundo y esotérico (en el sentido de incomprensible y de difícil acceso), y, por consiguiente, indecible e inefable. Indecible porque como concepto no hay nada que decir, no tiene un significado cerrado; y es inefable, porque es inexpresable, es decir, no alcanzan las palabras para referir algo que parece infinito e inagotable.

Además, la belleza es subjetiva, relativa y contextual, lo que le agrega un grado de mayor complejidad y de extensión, pues no hay una verdad universalmente válida que pueda construir un único paradigma, aunque evidentemente se haya tratado de universalizar como consecuencia de un ciego etnocentrismo y, a la vez, se haya banalizado y vulgarizado con el materialismo y el consumismo a que nos conduce el capitalismo más extremo y absurdo. De cualquier forma, depende del criterio particular, de factores externos como el medio y el círculo cultural, y también de las circunstancias de tiempo y espacio, pues como dijo el escritor japonés Junichirò Tanizaki: “En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra.” (2)

Para ampliar las ideas anteriores, a continuación expongo, a título de ejemplos, cuatro propuestas estéticas que, a mi criterio, tienen como denominador común el sentido misterioso de lo bello, porque, como se verá, son de contenidos indecibles e inefables, aunque estoy consciente de que, siendo tan subjetiva la belleza, mis afirmaciones son perfectamente cuestionables. Veamos.

1. La naturaleza como entorno. Sin duda todos hemos visto más de una vez algún memorable e impresionante paisaje de la maravillosa y exuberante naturaleza, que no sólo se reduce a una imagen como si fuera un simple cuadro, sino a un espectáculo de armonías perfectas que producen en el acto un placer indescriptible.

Una mente sensible, por ejemplo, al contemplar el alba intuye la noción de algo genuinamente bello, que desde luego la literatura puede describir con el uso adecuado de metáforas; tal como lo hizo el escritor mexicano Ángel del Campo:

«El alba, un alba de espléndido colorido, comenzaba a dilatarse derrochando sus toques en el horizonte. Allá flotaban los indecisos contornos de la bruma, destacados apenas en los matices delicados de las manchas de claridad en un fondo gris azulado que evocaba el recuerdo de las irisaciones del nácar. En la banda rosa del amanecer, la nube se teñía como un fantasma ensangrentado, como una túnica de novicia iluminada por un reflejo de incendio, errabundo Proteo que al capricho va del aire, ya pálido encaje, ya vivísimo copo que se disolvía por fin en un lago de blonda claridad. Una orla de lila invadía las fronteras dudosas de la noche, en cuyo fondo sombrío, llama de plata, la estrella del Boyero parpadeaba para perderse.» (3)

A pesar de que es preciosa la descripción de ese amanecer y es soberbio el uso de las alegorías, la experiencia sensorial placentera que provoca y que calificamos simplemente de bello, sigue siendo inefable para el espectador, de la misma forma en que son indecibles las fuerzas -al parecer ocultas- que subyacen en esa aurora de belleza enigmática, pues si alguna vez logramos un lenguaje que tenga el poder de expresar todo, entonces tal vez podamos prescindir de las metáforas.

La belleza misteriosa de la naturaleza cobra aún más resplandor, cuando se la contrasta con la presencia imperfecta, y por momentos miserable, del ser humano, que siendo parte de aquélla a veces resulta hasta irónico pensar que el cielo sea el mismo para todo el mundo. Así lo retrata muy bien Dostoievski:

«Era una noche maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo existen en nuestros años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir tanta gente irritable y caprichosa?» (5)

2. El cuerpo humano y su significado. La belleza resulta aún más compleja de abordar, cuando se trata de hallarla y entenderla en el cuerpo humano; pues, mientras un pintor se enfrenta con las reglas técnicas de la proporción y la simetría para representar la belleza corporal, para el escritor guatemalteco, Enrique Gómez Carrillo (quien decía que tenía un amor genuino por la belleza), consideraba que era «una profanación, un pecado y hasta un crimen ostentar con cinismo un rostro mal formado»; en consecuencia, para él, las mujeres tenían el deber sagrado de gustar, o, al menos, de no disgustar. «Una carita ‘chiffonnée’ -decía- sin rasgos correctos, con tal que sea simpática y que esté animada por un reflejo de dulzura, basta para seducirme.» (6)

Y en tanto que la teoría estética en Occidente debe responder «a exigencias tanto teóricas (¿qué es la belleza?, ¿en qué condiciones es cognoscible?) como prácticas (¿qué cánones, qué gustos y costumbres sociales permiten llamar «bello» a un cuerpo?, ¿cómo cambia la imagen de la belleza con el tiempo, y cómo cambia en relación con el hombre y la mujer?)» (7); para Emma Chirix analizar el cuerpo desde el punto de vista histórico y político «permite traer a la memoria la invasión del nuevo mundo, y lo que interesa conocer es cómo este hecho impuso un modelo sexual y un modelo de belleza. Sobre este último concepto Miguel Güémez Pineda -a su vez- señala: “…Se han impuesto modelos de belleza occidental y sus prototipos masculinos y femenino y están regidos por los rasgos físicos europeos como la piel blanca, el cabello rubio claro”, a esta influencia occidental el autor la define como “la colonización del cuerpo” y para las mujeres indígenas implicó silencio, atropello, mano de obra barata, atadas a la servidumbre y al esclavismo, a la monogamia y a la construcción de la ideología del mestizaje (…) Las mujeres fueron siempre instrumentalizadas para satisfacer el apetito sexual del hombre blanco y así asegurar la mezcla de sangres para mejorar la raza. Política de blanqueamiento alimentada y promovida por los estados incipientes.» (8)

En todo caso, tal vez la belleza no radica en el cuerpo precisamente, sino en su significado, es decir, en las emociones y valores que expresa y que representa para cada quien. Contemplar un cuerpo desnudo, a decir a la crítica de arte, Gabriela Galindo, «produce una compleja mezcla de deseo contenido, restricciones morales, prejuicios y emociones encontradas, que nos confrontan con la fuerza de la expresión y la vulnerabilidad de la desnudez expuesta. La sutil asimetría de los cuerpos imperfectos (porque todos los cuerpos son imperfectos) es el gran atractivo y posiblemente donde reside su gran belleza». (9)

La belleza corporal, entonces, puede ser esto o puede ser aquello, puede ser sensualidad y puede ser reflexión, puede ser técnica y puede ser práctica, puede ser sutil y puede ser voluptuosa, puede ser virtud y puede ser pecado, o bien puede ser todo a la vez. Pero la experiencia propiamente cuando se contempla un cuerpo, que para uno tiene belleza, es el resultado de una intuición misteriosa imposible de conceptualizar.

3. La música: “Más allá de las palabras”. El escritor mexicano Carlos Fuentes señala que la música es la exponente más abstracta de todas las artes -comparable en esto a las matemáticas-, «pues no posee, propiamente, concreción material. Entra por el oído; transforma el corazón y la mente; y afecta nuestra materialidad mediante una espiritualidad sin mácula.» (10) ¡Y ya!

En ese procedimiento en apariencia tan simple, descrito genialmente por Fuentes, radica, justamente, la belleza de la música, pues sabemos y reconocemos que esta expresión artística tiene sin duda un valor estético tan poderoso que desencadena en el humano un estado emotivo determinado, más allá de las palabras que pudieran conceptualizarla, pues sólo sugiere y evoca, pero no significa algo definido y eso nos tiene que bastar. De nuevo nos encontramos con la noción de algo elevado, completamente inefable e indecible.

A sabiendas de que la música es variada y los géneros diversos, igual como son los criterios y gustos, a título únicamente de ejemplo traigo a colación las colecciones de piezas para piano conocidas todas únicamente como “Canciones sin palabras” (Songs Without Words), del compositor Felix Mendelssohn, quien, con ocasión de la sugerencia que le hiciera Marc-André Souchay de dar título a cada pieza para orientar al oyente, respondió en una carta fechada el 15 de octubre de 1842 así:

«Hay tanto para hablar sobre la música, y sin embargo realmente tan poco para decir. Por mi parte creo que las palabras no alcanzan para ser un objetivo en sí mismas, y si me diera cuenta que alcanzaran, ciertamente no podría tener más nada que ver con la música. La gente habitualmente se queja de que la música es ambigua, que tienen dudas sobre lo que deben pensar cuando escuchan algo, mientras que todos ellos comprenden el significado de las palabras. Para mí es exactamente a la inversa; no solamente en la consideración de frases enteras, sino también de términos aislados. Éstos me parecen tan ambiguos, tan indefinidos, tan difíciles de comprender en comparación con la música genuina, la cual llena el alma de miles de cosas mejores que las palabras. Lo que la música que amo me expresa no es un pensamiento demasiado indefinido para ser puesto en palabras, sino, al contrario, demasiado definido. Considero que los esfuerzos orientados en expresar tales pensamientos -en palabras- son loables, pero aun así me parece algo totalmente insatisfactorio; y eso incluye a tu trabajo. Esto, sin embargo, no es tu culpa, sino culpa de la Poesía como tal, que no es capaz de hacerlo mejor. Si me preguntas cuál es mi idea (se refiere a darle un título a cada Canción sin palabras como sugiere Souchay) te digo: cada canción se sostiene en sí misma. Y si tuviese en mente algún término definido en cuanto a alguna de ellas no lo divulgaré, ya que las palabras de una persona asumen un significado totalmente diverso para otra. Porque la música puede despertar las mismas ideas y los mismos sentimientos pero esos sentimientos no podrán, sin embargo, expresarse con las mismas palabras. Resignación, Melancolía, Alabanza a Dios, Canción de caza. Una persona no se forma la misma idea que otra sobre esto. Resignación para una es melancolía para otra. Y una tercera persona puede tener una idea completamente distinta de las otras dos. Algún hombre que sea naturalmente un buen deportista puede asociar la Canción de caza con la Alabanza a Dios, mientras que nosotros escuchamos el sonido del “cuerno de caza” sin más. Y si discutiéramos el tema con él, seguramente no avanzaríamos mucho más. Las palabras tienen muchos significados, y la música puede hacernos ver que todos ellos son correctos. ¿Sirve todo esto para responder a tu pregunta? Es todo lo que puedo darte a pesar de que son, después de todo, ¡sólo ambiguas palabras!». (11)

Sin más palabras que sobren, vale la pena, como una probadita, escuchar: Mendelssohn - Songs without words Op. 19 No. 1 E Major. https://www.youtube.com/watch?v=hYISvazyFA8

4. La sabiduría o belleza interior. Todo lo que pudiera concebirse como bello en el exterior depende de nuestra disposición anímica. Como decía Roberto Assagioli, los «rayos del sol descienden adoptando colores y matices diversos, a tenor de la permeabilidad y transparencia de nuestra conciencia personal» (12). Es decir que, la disposición de nuestra conciencia personal, determina el sentido de lo Bello y procura hallar en lo que percibimos todo aquello que ilumina, fecunda y vivifica la vida humana.

Es válido preguntarse: ¿Y quién tiene la disposición anímica adecuada para captar la plenitud de la belleza? ¿Será la presencia divina o religiosa en el humano? Según Albert Einstein, «el misterio es lo más precioso que nos es permitido sentir. Es la sensación principal, la cuna del arte y de la ciencia verdaderos. Quien la ignora, quien no puede sorprenderse ni maravillarse, está muerto. Sus ojos se han apagado. Esta experiencia de lo misterioso (aunque mezclada con miedo) ha generado también la religión. Pero la auténtica religiosidad es saber de esa Existencia impenetrable para nosotros, saber que hay manifestaciones de la Razón más hondas y de la Belleza más resplandeciente sólo accesibles en su forma más sencilla para el intelecto. En ese sentido, y sólo en éste, pertenezco a los seres humanos profundamente religiosos. Un Dios que recompense y castigue a seres creados por él mismo que, en otras palabras, posea una voluntad similar a la nuestra, me resulta imposible de imaginar. Tampoco deseo ni puedo pensar que el individuo sobreviva a su muerte corporal, que las almas débiles alimenten esos pensamientos por temor, o por un ridículo egoísmo. A mí me es suficiente con el misterio de la eternidad de la Vida…» (13)

¿O acaso sea la filosofía? Para Nietzsche, «el hombre dotado de un espíritu filosófico tiene el presentimiento de que detrás de la realidad en que existimos y vivimos hay otra completamente distinta, y que, por consiguiente, la primera no es más que una apariencia… La más alta verdad, la perfección de estos estados opuestos a la realidad imperfectamente inteligible de todos los días, la conciencia profunda de la reparadora y saludable naturaleza del sueño y del ensueño, son, simbólicamente, la analogía, a la vez, de la aptitud de la adivinación y de las artes, en general, por las cuales la vida se hace posible y digna de ser vivida.» (14)

O posiblemente la poesía y las artes en general, como lo sugería Fernando Pessoa con una alegoría magistral: «Y entonces, ¿qué es el hombre, por sí mismo, sino un insecto fútil que zumba mientras se estrella contra el cristal de una ventana? Y es que está ciego, no puede ver, ni puede darse cuenta de que hay algo entre él y la luz. Por eso se esfuerza, trabajosamente, en acercarse. Puede apartarse de la luz, pero no es capaz de llegar a estar más cerca. ¿Cómo le ayudará la ciencia? Puede llegar a conocer la consistencia y las irregularidades propias del cristal, comprobar que en una parte es más grueso, y en otra más fino, en una más basto y en otra más delicado: con todo esto, amable filósofo, ¿Cuanto se ha acercado a la luz? ¿Cuánto han aumentado sus posibilidades de ver? Puedo llegar a creer que el hombre de genio, el poeta, llega a romper, de algún modo, el cristal, hacia la luz, y siente la alegría y la tibieza que produce estar más allá que los demás hombres, pero, ¿no está, también él, ciego? ¿Acaso se ha acercado algo al conocimiento de la verdad eterna?

Algunos se alejan de la cristalera en el sentido opuesto, hacia atrás, y gritan, al darse cuenta de que no chocan con el cristal, que no está tras ellos, "hemos pasado".

Soy un poeta impulsado por la filosofía, no un filósofo con cualidades poéticas. Me fascinaba observar la belleza de las cosas y dibujar lo imperceptible, lo minúsculo, que define el alma poética del universo. La poesía de la tierra nunca esta muerta. Está en todo, en la tierra y el mar, en el lago y en la ribera del río. Y es que la poesía es admiración, perplejidad, como la de un ser que hubiera caído del cielo y se diera cuenta durante su propia caida.

El artista debe ser hermoso y elegante, porque quien admira la belleza no debe carecer de ella...» (15)

O posiblemente la experiencia de la belleza sea una noción muy mundana que nos acerca a lo que experimentan los tomadores de mescalina, es decir, a la parte celestial de la esquizofrenia. Como lo viviera en su momento Aldous Huxley que bajo los efectos del peyote dijo: «El artista está congénitamente equipado para ver todo el tiempo lo que los demás vemos únicamente bajo la influencia de la mescalina. La percepción del artista no está limitada a lo que es biológica o socialmente útil. Se filtra hasta su conciencia, a través de la válvula reducidora del cerebro y del ego, algo del conocimiento perteneciente a la Inteligencia Libre.» (16)

Reflexión final

La belleza, repito, es indecible e inefable, y eso la convierte en un misterio; pero es, a su vez, una aspiración legítima por la cual la vida merece ser vivida, porque una vez que se experimenta ya no puede dejar de anhelarse; es como decía Íñigo Pirfano, refiriéndose a la música: «…cuando alguien ha probado el ‘foie’, ya no suele acercarse nunca más a las hamburguesas industriales; o al menos, puede elegir. Y posiblemente las hamburguesas industriales tienen ‘su momento’; pero si lo que uno necesita es apaciguar las expectativas y los anhelos de su espíritu, entonces ha de buscar necesariamente en las fuentes que pueden apagar esa sed.» (17)

En suma, no hay cosa más valiosa que el sentimiento apropiado para la belleza, es decir, la delicadeza justa para ser sensible a las emociones más sutiles, tal como lo proponía Plotino al definir la belleza suprasensible: «En realidad no hay belleza más auténtica que la sabiduría que encontramos y apreciamos en ciertas personas. Prescindiendo de su rostro, que puede ser poco agraciado, y haciendo caso omiso de la apariencia, buscamos su belleza interior.» (18)

Notas:
1) Eco, Umberto. Historia de la Belleza. Debolsillo, 2010, en la contraportada.
2) Tanizaki, Junichirò. El elogio de la sombra (ensayo). Libro dot. com. http: //www.librodot.com. Pág. 2.
3) Del Campo, Ángel. El Fusilado. El cuento hispanoamericano, siglo XIX. Grupo Editorial Norma, Edición de 1992. Pág. 209.
4) Dostoievski, Fedor M. Noches Blancas. Grupo Editorial Tomo, S.A. de C.V. Edición de 2009. Selección. Pág. 485.
5) Gómez Carrillo, Enrique. El Despertar del Alma. Treinta años de mi vida. Editorial Cultura, 2009. Pág. 57.
6) Eco, Humberto. op. cit. Pág. 205.
7) Chirix, Emma. Ru rayb’äl ri qach’akul (Los deseos de nuestro cuerpo). Ediciones Pensativo, 2010. Pág. 175.
8) http://www.jornada.unam.mx/2014/10/13/opinion/a15a1esp
9) Fuentes, Carlos. Prólogo de Cinco mil años de palabras. Carlos Prieto. Fondo de Cultura Económica, 2010. Pág. 15.
10) http://www.sinfoniavirtual.com/revista/011/mendelssohn_mas_alla_palabras.php
11) Assagioli, Roberto. Psicosíntesis, Ser transpersonal (Lo svilupo transpersonale). Gaia Ediciones, 1996. Pág. 281.
12) Einstein, Alberto. El mundo como yo lo veo. Ediciones Brontes S. L., 2011. Pág. 13.
13) Nietzsche, Friedrich W. El Origen de la Tragedia. Editorial Porrúa, 2001. Pág. 18.
14) Pessoa, Fernando. Diarios. Gadir Editorial, S. I., 2009. Págs. 11-13.
15) Huxley, Aldous. Las puertas de la percepción. Debols!llo, 2013. Págs. 38 y 39.
16) Pirfano, Íñigo. Inteligencia Musical. Plataforma Editorial, 2013. Págs. 28 y 29.
17) Eco, Umberto. op. cit. Pág. 184

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.