miércoles, 3 de diciembre de 2014

Cine clásico: “La diligencia” (1939), de John Ford

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



NACIONALIDAD: Estadounidense
GÉNERO: Oeste, Aventura, Drama, Romance, Comedia
DIRECCIÓN: John Ford
PRODUCCIÓN: Walter Wanger, John Ford
PROTAGONISTAS: John Wayne como Ringo Kid
Claire Trevor como Dallas
Thomas Mitchell como Doc Boone
John Carradine como Hatfield, el tahúr
Louise Platt como Lucy Mallory, la mujer del oficial de caballería
George Bancroft como Curly Wilcox, el sheriff
Donald Meek como Mr. Peacock, viajante de whisky
Berton Churchill como Henry Gatewood, el banquero de Tonto
Andy Devine como Buck, el chofer de la diligencia
Tim Holt como el lugarteniente de la caballería
Tom Tyler como Luke Plummer
GUIÓN: Dudley Nichols, Ben Hecht, Ernest Haycox, autor de relatos del Lejano Oeste estadounidense; la historia de este filme está basada en la narración de Guy de Maupassant, Bola de Sebo.
FOTOGRAFÍA: Bert Glennon
MÚSICA: Canciones populares de la época, adaptadas por Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leopold, Leo Schuken, Louis Gruenberg
DISTRIBUCIÓN: United Artists
DURACIÓN: 96 minutos

En la vejez, viruelas… nunca me gustaron las películas de vaqueros; sin embargo, gracias a esa maravillosa intertextualidad cinematográfica, de la que hace gala Giussepe Tornatore, con la magia del cine dentro del cine, el entusiasmo de la gente del pueblo, donde quedaba el Cinema Paradiso, me motivó a ver La Diligencia de John Ford, máxime cuando descubrí en Youtube esa escena casi que marca el inicio de la cinta, donde las viejas puritanas de Tonto, Arizona, condenan al ostracismo de la otredad, al tratar como inmundos a Doc Boone y a Miss Dallas, a él por borracho, aunque fuera un doctor, capaz de responder profesionalmente, pese a su alcoholismo y a ella como prostituta, ambos considerados infames, por esa Liga de la Ley y el Orden, que funciona como una Liga de la Decencia, a pesar que no sean más que dignas representantes de lo que Wilhelm Reich, mucho más adelante, denominara la plaga emocional, anuladora de Eros y promotoras del orden estático de Tánatos. Mujeres que evocan a la imagen de la mujer de American Gothic de Grant Wood, en su sequedad y amargura:



Es justo ahí sonara la melodía del himno de Robert Lowry, compuesto en 1864, Shall we gather at river, casi como un canto de liberación para los expulsados del pueblo por el moralismo más prejuicioso de una viejas, que se podría decir que eran peores que los mismos apaches, dirigidos por el insurgente indio Jerónimo, que más que un mal tipo, era un defensor de una tierra ancestral, que les arrebataban los carapálidas, único aspecto en el que Ford se muestra maniqueo, al no comprender, que esa situación de los nativos del Este de las Montañas Rocosas, era una reacción defensiva contra el avance de los colonos, que invadían el Oeste estadounidense. Pero es lógico que un hijo de emigrantes irlandeses, que se va de Maine al otro extremo del país, participe de la ideología del Destino Manifiesto, con la creencia de que los Estados Unidos de América es una nación destinada a expandirse de las costas del Atlántico a las del Pacífica, apoderarse de territorios, como bien lo señala el banquero Gatewood de que América es para los americanos, amparados por la Providencia divina, para el desarrollo y crecimiento pleno de las capacidades de los colonizadores, un pensamiento que se expandía, ya por los años de 1825.

Boone y Dallas perseguidos por un coro de rígidas y severas comadres, como las Erinias de la Orestíada de Esquilo, van a hacia la diligencia, para emprender una aventura por los desiertos del suroeste para ir de Tonto, Arizona a Lordsburg, en Nuevo México suena el himno de Lowry, cuyo último párrafo dice así:

Soon we'll reach the silver river;
Soon our pilgrimage will cease;
Soon our happy heart will quiver
With the melody of peace.

que, aunque no lo cantan, podríamos traducir, un poco libremente, así, como un himno de esperanza:

Pronto llegaremos al río de plata;
Pronto nuestro peregrinaje se detendrá;
Pronto nuestros corazones felices danzarán
Con melodías de paz.

Lejos de aquellas harpías, cargadas de prejuicios e hipocresía, que es ahí, donde aparece un John Ford, quien por más que lo declarase así, no era un simple realizador de Westerns, sino que hace un cine mucho más trascendente, en una mezcla compleja de cine de aventuras, de crítica social, de drama humano, de romance y aún de comedia, con un maravilloso portavoz, como el tan sumamente bien caracterizado doc Boone, quien con fina heroína llama a alguna de aquellas beatas, Helena de Troya o le declara a Dallas, un prostituta más respetuosa, que la del propio Jean-Paul Sartre, puesto que no cede al deseo de los otros, dirigida siempre por el suyo propio:

Somos las víctimas de un morbo infecto, llamado prejuicio social, muchacha; las dignas señoras de la Ley y el Orden están limpiando de escoria la ciudad.

Así las veteranas severas, estrictas, rigurosas, implacables e inclementes, inviertan la perspectiva, cuando dicen que Dios los hizo y ellas se juntan, porque pareciera ser que ellas están más unidas por un Dios inmisericorde, que esos seres humanos que son Boone y Dallas, quienes asumen con responsabilidad sus defectos, lo cual los llena de una libertad, que reencontrarán en los amplios paisajes del desierto, así estén asediados por los nativos insurrectos, levantados en armas contra la invasión impía del hombre blanco.

Entonces, cuando se cierra la puerta de la diligencia, nos veremos reducidos a un espacio, donde viajan, en principio, el doctor, la mujerzuela, la esposa de un oficial de caballería, un viajante de whisky y un tahúr, quien antes de subir a la carroza les espeta a las viejas puritanas, que ellas nunca han conocido a una verdadera dama, más el carretero del carruaje de seis caballos y el sheriff, para luego subir el banquero de Tonto, de donde salen escoltados por la caballería, protectora contra los apaches, hasta que llegan a un cruce de caminos, donde los viajeros son desamparados por la soldadesca, que los deja en la encrucijada, sin importarles que queden desprotegidos ante un casi seguro asalto apache.

Entonces si hay un macrocontexto desértico, en el que Ford exhibe su amado Monument Valley, al norte de Arizona; allí, en los límites con Utah, en el polo contrario a donde se dirigen los personajes, a donde el director se adentraba desde muy joven con cámara en mano, acompañado por algunos técnicos, para disfrutar de ese hermoso paisaje y sus amaneceres, una especie de cuneta, donde habitan los indios navajos. Un paraje que pareciera ser una obra de arte, esculpida por el agua y el viento, a lo largo de años, como parte de una erosión diferencial, por un desgaste de la superficie, como si por la via de levare, el viento se llevara la materia más blanda, para dejar los estratos terrestres más antiguos; pero que en el mito navajo es el producto de lo que hacen las divinidades creadoras, la tierra, el aire y el fuego. Un paisaje, con el que en adelante, solemos asociar el Far West estadounidense, con un cielo casi sin nubes, por llegar desgastadas desde la costa, en su viaje al interior del continente, un panorama de ocres sobre un fondo azul, casi irreal, como si se tratara de un horizonte sobrenatural.



Ahora, en el momento del rodaje de La diligencia, no estamos frente a ese joven John Ford sino que estamos ante uno en medio del camino de la vida, un hombre de cuarenta y cinco años, cuya cultura parecía ser mucho más vasta de la que aparentaba, lo que le permitiría convertirse con Serguei Eisenstein, en uno de los más grandes maestros del cine; un cineasta que hacía, para entonces, un buen uso del travelling, con una buena profundidad de campo, con magníficas panorámicas descriptivas, planos largos y sostenidos, con largas secuencias, con el fin de no distraer al espectador de lo que pasaba en la pantalla; además, con un excelente manejo de las sombras y del contraluz, un poco a la manera de los expresionistas alemanes, que tanto admirara al igual, que lo hiciera con D. W. Griffith, cuyo El nacimiento de una nación era una de sus películas predilectas y con quien compartiría las glorias del primer buen cine norteamericano. De Griffith tomaría la veta de la acción, del montaje paralelo, con alternancia de dos o más escenas, como centros de interés, del realismo y de la sencillez conceptual.

Ford dominaba el gran plano general para la planificación de las secuencias, con un gran amor a los grandes espacios abiertos, para contrastar la relación de la naturaleza y el individuo humano, en toda su pequeñez, en una lucha, que como diríamos los paisas, podría ser pelea de toche con guayaba madura.





Pero si ese es el marco que sirve de fondo a la historia, la figura es la diligencia, que en un momento dado queda a puerta cerrada, con una serie de personajes complejos dentro de ella, un poco a la manera del drama sartreano, sin embargo, lo que sucede es que ahí no se convierten en un infierno para los otros, sino que va surgiendo la solidaridad, máxime cuando se topan, en medio del desierto, con Ringo Kid, un ex convicto vengador, quien planea poner fin a aquellos que asesinaran a su padre y a su hermano, los odiosos hermanos Plummer.

Y ahí en ese pequeño escenario, dentro del vasto escenario de las tierras de Arizona, veremos desplegarse los vínculos entre personajes magníficamente bien caracterizados, como el propio Ringo Kid; entonces, enfrentaremos la humanidad irónica y crítica del doctor Boone, quien se mantiene entre la ironía y el sarcasmo, demoledores de la moral convencional, como un hombre que ataca lo “políticamente correcto”, para resaltar el valor de esos seres, al decir de Rodolfo Moguillansky, condenados al espacio de la otredad, como seres superiores, valientes, corajudos, como especies de superhombres nietzscheanos, que acercan la humanidad de John Ford a la de Frank Capra, porque para ambos directores estadounidenses, las personas son quienes cuentan, en contraposición a esa plaga emocional de moralistas, como las amargas comadres de Tonto; Dallas, la prostituta cortés y educada, que amenaza con su sensualidad la sequedad de las paranoicas puritanas, que alcanzan a influir a Mrs. Mallory, la esposa de un oficial de caballería, quien la desprecia durante el viaje, pero a quien con toda generosidad y tolerancia, Dallas no duda en ayudar a traer a su hijo al mundo, como ayudante en el parto, que ayuda a atender a un doctor Boone, quien se cura de la borrachera, para convertirse en un médico responsable y exitoso, sin el más mínimo resentimiento.

Pero también nos enfrentamos a ese irónico, Hatfield, el jugador elegante, emparentado con Mefistófeles, quien se siente atraído por la señora Mallory, al noble sheriff, que captura y da la libertad a Ringo, cuando las circunstancias le permiten cumplir su cometido de hacer justicia por su propia mano, con los Plummer, al matarlos en legítima defensa, lo que les da la posibilidad a los amantes Ringo y Dallas de atravesar la frontera e irse a México, ese reino del disparate, según André Breton, donde él tiene la casita que tanto le prometió yredimirse a través de una vida de pareja, en un medio rural, supuestamente más apacible.

Pero también están Peacock, el cobarde viajante de whisky, cuya existencia de la bebida termina el doctor Boone; el comerciane tiene que soportar a regañadientes el ataque de los apaches, los villanos de la película; otra excelente caracterización será la de Gatewood, el banquero, quien anda huyendo con el botín del robo de la nómina de sus empleados, muy del estilo de los Rodrigo Rato y de los Miguel Blesa de esta tan expoliada España por la Banca, con la venta de acciones preferentes, con las que estafaron al pueblo español, al venderles falsas ilusiones o con el uso de de las tarjetas opacas, que dizque confundían con un sobresueldo, cuando les eran dadas para gastos de representación de las empresas bancarias, con las que terminaban pagando cosas personales, cruceros con las amantes, etc., etc.

Es interesante el discurso, casi actual de este banquero, cuando en las conversaciones, dentro de la diligencia, declara:

No sé a dónde va a parar este gobierno, que, en vez de proteger a los hombres de negocios, mete su nariz en ellos y habla de poner inspectores en los bancos, como si los banqueros no supiéramos dirigir nuestros bancos… Este país necesita un presidente, que sea un buen empresario.

Casi pareciera oírse el discurso de uno de esos neoliberales, que proponen la reducción del tamaño del Estado, para dejar el gobierno en manos de la plutocracia de los empresarios, con todas las corruptelas de por medio, sin que haya nadie que pueda ponerle el cascabel al gato.

Las diferencias del liberalismo de Adam Smith y el neoliberalismo salvaje, hoy imperante, es que el primero fue un tratado sistemático de economía, un ataque frontal al mercantilismo, para demostrar la existencia de un orden económico natural, aunque consideraba que éste funcionaría mejor, cuánto menos interviniese el estado, tesis que sostiene el estafador banquero de Tonto; pero, Smith era un defensor de la industria, al no contentarse simplemente con la producción agrícola; el economista inglés consideraba que se precisaba de una división del trabajo, con una ampliación de mercados, lo cual daría un impulso a la Revolución Industrial del siglo XIX, como creación del capitalismo moderno.

Los neoliberales contemporáneos se consideran hijos de Smith, con una reivindicación del desprestigiado neoliberalismo, por la ineficiencia de su ideología del laissez-faire hasta su gran hundimiento con la Gran Depresión de la década de 1930, lo que produciría un largo letargo, hasta que reaparecieron los neoliberales con el énfasis en una economía de mercado, no muy distinto al criticado laissez-fairismo económico, que había llevado al crack del 1929, auspiciado por Augusto Pinochet, Ronald Reagan y Margaret Tatcher, quienes pusieron de relieve la desregulación de los mercado y la privatización de las instituciones públicas, que viene a tocarse con el neoconservadurismo, que pretende una reducción del papel del Estado sobre la vida privada de los sujetos individuales, lo cual está bien en determinados ámbitos de la vida cotidiana, pero que ha dado lugar a una gran corrupción, como la que registramos en España.

Los defensores el neoliberalismo abogan por una amplia liberalización de la economía, un libre comercio general, una drástica reducción del gasto púlbico, una reducción del tamaño del Estado y su capacidad de intervención versus una privatización exagerada, lo que ha dado lugar a un tremendo auge de la especulación, una polarización de la riqueza, un crecimiento de la desigualdad en el mundo, por el gran beneficio obtenido por los especuladores, con una gran tranquilidad para lo plutócratas, con prácticas econonómicas libres de impuestos y la apertura de un sinfín de paraísoso fiscales, para esconder el atesoramiento, para seguridad de los capitales de los nuevos ricos, con un poder desmedido del capital financiero, como lo sostiene Jean Ziegler, que mueve el capital financiero en las bolsas de valores, que se acompasa con un hundimiento del nivel de vida de la mayoría de los trabajadores, que ha llevado a un recrudecimiento de la lucha de clases.

En el 2007, la burbuja especulativa se rompe, lo que invalida al neoliberalismo como una teoría económica global, con el enriquecimiento de unos pocos y un incremento de la desigualdad social, como bien lo ha señalado Joseph Stiglitz, por lo que los Estados acuden al rescate de los bancos, que cometen todo tipo de atrocidades contra la gente del común, como ha sido el asunto de los desahucios en España, lo que se traduce en una dictadura de los mercados.

Si bien Ford, había avanzado por los caminos del cine, con películas del Oeste, algo desprestigiadas entonces, como cinematografía de la serie B, La Diligencia, con toda su complejidad genérica y psicológica, elevará el género del Western de categoría, hasta convertirlo en un género mayor, el cual, además sería la plataforma de lanzamiento para ese gran actor, que fue John Wayne, estemos o no de acuerdo políticamente con él, ya que sí que resulta antipático su posicionamiento respecto a la caza de brujas de McCarthy, en los Estados Unidos de América.

De ahí en adelante, los westerns de Ford aunarán la acción, el sentimiento y la caracterización psicológica, magistral en la presentación del doctor Boone, que demostraría la gran capacidad de Thomas Mitchell, como actor de carácter, hasta el punto de robarse el show y convertirse en el representante del filme ante la Academia, como ganador de la estatuilla del Óscar, que también se llevaría la banda sonora de la película.

Además, una vez elevada la categoría del western, este se haría un subgénero del género histórico, ya que las películas de vaqueros tienen un papel fundamental en la historiografía de los Estados Unidos de América, como producto de una construcción colectiva, por parte de aventureros, justos o injustos, que se atrevieron a cruzar praderas y desiertos, en busca de un lugar donde vivir, así tengan el gran pecado de haber sido crueles y brutales con la comunidad nativa, que fuera en gran parte sacrificada o reducida a reservas, cuando eran los dueños del territorio, como expresión de cierto darwinismo social, donde sin misericordia, el pez grande se come al chico, muy al estilo de los yanquis.

Serguei Eisenstein mismo veía, en Ford, una armonía y una magia únicas; uno y otro, el estadounidense y el ruso, preferían la cámara y la interpretación, para la creación de un propio estilo propio; el de Ford, caracterizado por su eficacia, su énfasis en la acción, a su vez, cargado de poesía tanto en sus tintes nostálgicos, románticos, amorosos, redentoras de seres, aparentemente perdidos, que describe con un lirismo inmejorable; porque, a Ford lo que le interesa es mostrar a sus personajes, qué hacen, cómo miran y cómo actúan, con una profunda agudeza psicológica, de donde, cada gesto y cada objeto, que aparece en escena son importantes.

Se diría que ese hacedor de westerns era un humanista, que miraba con la cámara a la altura de sus ojos, como un observador próximo, que expone lo que ve, sin tesis premeditadas.

Aunque también los estilos épico y dramático tienen su lugar en la obra de Ford, salpicados de notas humorísticas, como las que hemos resaltado en las intervenciones de Doc Boone y Hatfield, el tahúr, caricaturizadores de una ética puritana, bastante próxima al más cruel de los calvinismos.

Sin duda, en Ford, encontramos uno de los grandes maestros de la primera mitad del siglo XX, a quien Orson Welles cosideraba uno de sus directores predilectos y esta cinta, La diligencia, le resultaría inspiradora para realizar El ciudadano Kane; tal era la admiración de Welles por Ford, que alguna vez que le perguntaron quién era, para él, el mejor director de cine, no dudaría en decir:

John Ford, John Ford y John Ford.

El director de El ciudadano Kane declaraba que había aprendido a hacer cine a través de la contemplación de las cintas de los viejos maestros, dentro de los que estaba Ford. Eso mismo diría Godard, en su momento.

Ingmar Bergman lo consideraría el mayor director de todos los tiempos.

Mientras Fededrico Fellini declaraba: A Ford, lo estimo, lo admiro y lo amo.

Además, Ford influiría en otros directores como Howard Hawks, Anthony Mann y Bud Boetticher.

Su influencia se nota en Easy Rider de Peter Fonda.

Peter Bogdanovich se convertiría en un gran conocedor y amante del cine de John Ford.

Ford hizo aperturas interesantes, que han heredado otros directores.

Clint Eastwood reconoce la influencia de John Ford

Francis Ford Coppola añadió el apellido Ford, a su nombre, en honor del director descendiente de irlandeses.

Steven Spielberg declara que el gran director, al que nos referimos en este artículo, era como una suerte de pintor naturalista y verista, en la manera como hacía las puestas en escena.

No cabe duda que Ford tiene una gran influencia en el Martin Scorcese de Taxi Driver, considerada una especia de western urbano, de tal forma que su presencia continúa aún en el cine contemporáneo.

Akira Kurosawa adoraba a John Ford, como representante máximo del cine hollywoodense, que prefería al cine oriental, dado su amor por la cultura de Occidente. Ford llegó a ser un ídolo de tal magnitud para él, que él mismo lo consideraba una influencia seminal y declaraba que tal estadounidense era tan realmente grande, que cuando Kurosawa llegara a viejo querría ser un director como el propio Ford, a quien estudiara con profundidad, así aprendería su uso de la cámara, sus largos rastreos, una construcción eficiente, la composición de panorámicas y el movimiento dinámico.

Sin embargo Quentin Tarantino expresa su odio por el director de La diligencia.

Desde el punto de vista político, John Ford fue un admirador de Abraham Lincoln, de Franklin Delano Roosevelt y John Kennedy, un demócrata liberal, un rebelde, como declararía a Bertrand Tavernier; pero a su vez, un republicano de Maine, sin las posturas anticomunistas de su actor principal, hasta el punto de expresar en los tiempos de McCarthy:

Mándenme a ese maldito comunista; lo contrato.

Hasta los cuarenta años coqueteó con el socialismo, dentro de su moral católica, sensibilizado por la causa irlandesa; incluso se dice que colaboró económicamente con los defensores del orden democrático en la Guerra Civil Española, pero el saber que se atacaba a la Iglesia Católica, con asesinatos y violaciones de monjas, muertes de curas más quemas de iglesias y conventos, terminaría repudiando esa lucha hsipánica; pero, de todas maneras odiaba los fascismos y totalitarismos de entonces. Era un liberal en el fondo, así se lo acusara de racista, machista, belicista y reaccionario. Sin embargo su catolicismo no es hipócrita, como el de las puritanas de Tonto, a las critica acerbamente, de ahí el espíritu redentor con esas supuestas ovejas perdidas que eran el doctor Boone, Dallas y el propio Ringo.

No me arrepiento, de haber abandonado mi resistencia prejuiciosa a ver películas del Oeste e incluso de acercarme a la narrativa literaria de las novelas de vaqueros, desde que un viejo lobo de mar gallego, me contara que cuando él recorría los mares del mundo como marinero, se encerraba en sus horas de ocio en su camarota, para como Curro, el palmo de Joan Manuel Serrat leerse enterito a don Marcial Lafuente, del que me prestó alguna novela, con una historia tan compleja como la de las cintas del Oeste de Joh Ford, donde aparecían personajes de una nobleza sin par; pero, después me enteraría por una amiga, dedicada a la reconstrucción de la memoria histórica de los crímenes del franquismo, que ese escritor español era un republicano, a quien la censura no dejaba publicar interesantísimos artículos y libros por su contenido político, de tal forma que para ganarse el pan, el hombre tuvo que acudir a hacer novelas de vaqueros, donde algo de sus creencias dejaba traslucir.

Agradezco no tener la mentalidad rígida de las Erinias de Tonto y aún en la tercera edad, ser capaz de superar prejuicios, que me privaban de disfrutar del género estético de la narrativa literaria o cinematográfica de las novelas y películas de cowboys, con todas sus vetas para el conocimiento de la historia y reflexiones sociopolíticas, más allá del ¡pum! ¡pum! de los revólveres.

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