martes, 30 de diciembre de 2014

Experimento

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El ingeniero Homer Cooper tenía motivos para estar orgulloso: en dos ocasiones había recibido reconocimientos por sus “importantes servicios a la Patria”, habiendo diseñado armas novedosas para su gobierno, las que le valieron abundantes dólares y sendas medallas al mérito.

Por otro lado, completaba ese orgullo su hija Betty, promisoria soprano que, con sus 21 años, ya había comenzado una prometedora carrera musical como cantante lírica.

Quien no lo enorgullecía sino, por el contrario, lo llenaba de ira y vergüenza era su hijo menor: Bob. Con apenas 18 años ya tenía una larga trayectoria de drogodependiente, lo que hacía muy difícil su permanencia en la universidad. Por lo pronto, ya tenía en su haber dos internaciones en clínicas de recuperación, sin que se viera por lo pronto un pronóstico alentador. Era heroinómano.

El ingeniero Cooper era un absoluto fanático del trabajo. Un “trabajólico”, para ser exacto. Pasaba doce, catorce hasta dieciséis horas diarias enfrascado en sus labores. Su esposa, una adorable texana once años menor que él –él tenía 62– ya había perdido las esperanzas con su esposo. El tercer hijo nunca llegó, fundamentalmente porque Homer “ya había cumplido con la paternidad”, como solía decir, y desde hacía años se dedicaba sólo al trabajo. Había perdido la cuenta de cuándo fue la última vez que hicieron el amor, por eso Katherine había recurrido a amantes ocasionales (varios).

Homer, desde que se graduó con honores en la universidad con apenas 23 años, había trabajado en todo momento para el gobierno federal, pasando varias etapas en su carrera, pero siempre “defendiendo la patria” del ataque de “malvados extranjeros”: primero los comunistas, más tarde los fundamentalistas musulmanes, recientemente los narcotraficantes latinoamericanos. Secretamente –cosa de la que hablaba muy poco o nada en su familia– también tenía como potencial enemigo a los afrodescendientes de su país y a los pueblos originarios de América Latina, esos “atrasados campesinos indígenas que aún andan arando con bueyes”. Sin contar con los chinos, a quienes odiaba visceralmente. “Huelen siempre a ajo”, protestaba airado.

Ingeniero industrial como era, su pasión se centraba en el campo de las armas sofisticadas de la más refinada tecnología. Las medallas obtenidas en su larga trayectoria eran reconocimiento a avances en esa materia. Ahora, dese hacía ya casi dos años, estaba trabajando como director de un proyecto ultra secreto del que muy pocas personas sabían algo. El presidente y el vicepresidente de la nación, el Jefe del Pentágono, el Director de la CIA y el equipo de sus cuatro colaboradores, todos bajo riguroso juramento de secreto de Estado, conocían de la iniciativa. Quizá alguna amante de alguno de los varones de este grupo, por descuido involuntario del confesor –o porque la susodicha trabajaba para algún servicio de inteligencia extranjero – sabía algo al respecto; sus respectivas esposas, seguro que no.

Homer no tenía amante ni amigos. Además, fuera de lo absolutamente imprescindible, casi no hablaba con nadie, ni con su esposa ni con sus hijos. Apenas algunas palabras de cortesía para con sus jefes, y saludos formales para los empleados subordinados cuando era necesario. Muchas veces, incluso, se olvidaba de saludar.

La vez que más se emocionó y de la que se recordaba con cariño fue en una memorable presentación de su hija Betty, cuando debutó oficialmente en un teatro interpretando algunos pasajes de ópera. Emocionarse, para Homer, era poder esbozar una sonrisa. El ramo de rosas rojas que le hizo llegar con una empalagosa dedicatoria –que, en realidad, escribió su secretaria– fue, quizá, la muestra pasional más grande que tuvo en su vida. Al igual que el insulto que profirió cuando cayó preso por vez primera su hijo, detenido por la policía en estado de intoxicación con cocaína. Como muestra de apasionada furia, en esa ocasión se permitió decir: “¡caramba!”

El proyecto en el que se hallaba enfrascado ahora –bautizado Dinosaurio dorado– había costado grandes sumas de dinero. De todos modos, nadie reprochaba eso; el objetivo perseguido bien valía la pena. Al menos, así lo entendían los funcionarios de gobierno que lo impulsaban. En definitiva, era vital para el mantenimiento global del sistema: Estados Unidos necesitaba cada vez más controlar su expandido imperio pero sin exponer sus propias tropas. De ahí que fuera imperioso contar con tecnologías bélicas letales, terriblemente letales y muy eficientes, pero que no comprometieran ni personal estadounidense ni dieran flanco a que se le pudiera atacar como violador de derechos humanos. Lo que buscaba el ingeniero Cooper justamente iba en ese rumbo: algo no letal, pero más terrible aún.

“Mecanismo de control mental total” llevaba por nombre el dispositivo desarrollado. Ya estaba listo; faltaban aún las pruebas finales. Contrario a otros experimentos, donde sobraban los sujetos de experimentación, aquí era difícil conseguir candidatos que gustosamente se prestaran a hacer de cobayos. Para el caso, no era fácil que alguien se dejara manipular abiertamente, sometiéndose por entero a la voluntad de quien lo controlara, sin la más mínima capacidad de decidir nada, sin posibilidad de reacción. Así, al menos, estaba concebido el producto: una tecnología que podía no sólo influenciar sino someter abiertamente a quien fuera alcanzado por ella, manejarle la vida, anularlo como sujeto independiente.

La idea que alentaba el desarrollo de esta nueva arma era diabólica. A través de la combinación de complejos programas computacionales con un minucioso mapeo de determinadas funciones neurológicas, se habían aislado alrededor de 300 conductas posibles sobre las que se quería actuar. En síntesis, a través de la programación de esquemas bastante cerrados se pretendía influir en el sistema nervioso central del enemigo (una persona, un grupo, la población de toda una región, de un país) induciendo determinados comportamientos, de modo tal que nadie pudiera sospechar sobre las motivaciones en juego. Por ejemplo, programando el manejo de esfínteres, en un adulto se podía establecer que, de un momento a otro, dejara de controlarlos. Eso, que en un caso individual podría hasta resultar risible, pensado como estrategia bélica contra toda una población –todo el mundo orinándose y defecándose encima sin control a partir de un simple disparo de unas ondas hecho, por ejemplo, desde un avión supersónico– podía ser un arma tremenda, con un poder inconmensurable, por cuanto dejaba sin defensa al adversario, reduciéndolo en su intimidad condenándolo a rendirse sin atenuantes.

Las conductas sobre las que se pretendía actuar eran diversas: esquemas varios de pensamiento, emociones variadas, llanto, risa, dolor, consumo de alcohol, actividades nutricionales, manejo de la musculatura estriada, valores religiosos y éticos más un largo etcétera que quedaba a criterio de quien empleara el arma. Por supuesto, el proyecto era terriblemente “sanguinario”, sin hacer correr una sola gota de sangre. De momento eran muchos los interrogantes: no se sabía con exactitud cómo respondería un ser humano a esa programación de su conducta, ni tampoco se sabía por cuánto tiempo podría durar el efecto, si es que había alguno. Toda la iniciativa tenía, sin dudas, un carácter de película de terror. Algunos consideraban al ingeniero Cooper un nuevo –y más desquiciado– doctor Frankestein. Seguramente no se equivocaban. De todos modos, nadie oponía resistencias al experimento. Por el contrario, los pocos sabedores del mismo esperaban el producto final con honda expectativa.

En el desarrollo del programa se había tenido contacto con numerosos expertos y asesores. Sin explicar exactamente cuál era el fin último de tamaña empresa, se buscaba conocer opiniones, sugerencias, aportes. Muchos (neurólogos fundamentalmente) desestimaban la idea por loca, por irrealizable en términos prácticos. Un connotado psicoanalista al que se había consultado –el Dr. David Kohan, de reconocida reputación– rió estruendoso cuando conoció la idea: “¿cómo programar el deseo humano, las luchas por el poder, las cosas más erráticas y contradictorias que existen en el universo?”, explotó entre sorprendido e hilarante.

El dispositivo, al menos en su apariencia y su manejo final, era bastante sencillo: tenía la forma de un arma larga, con una pequeña pantalla parabólica en su extremo final, la que debía apuntarse hacia la cabeza del enemigo. La parte esencial del ingenio estaba en los laboratorios (de momento, en una oficina de acceso restringido del Pentágono); era allí, en un banco de computadoras, donde se programaban los “nuevos comportamientos”. También estaba previsto “bombardear” poblaciones enteras fuera del país, para lo que se había trabajado sobre un modelo que podía ser cargado discretamente en un avión comercial estadounidense y que actuara en su “inocente” recorrido al pasar por el espacio aéreo de la nación en cuestión sin despertar la más mínima sospecha. Y si ello no era posible, se contemplaba también la posibilidad de atacar desde satélites geoestacionarios, haciendo llegar las ondas a todo un continente. Pero ahora venía la prueba de fuego: ante todo, había que constatar la efectividad en un contacto directo persona a persona con alguien a quien se le dispara.

El disparo, claro está, era de ondas electromagnéticas. No dejaba rastros físicos, no producía heridas ni dolor, no dañaba en términos anatómicos. Las consecuencias eran de otro tipo.

Se había experimentado con numerosos animales de laboratorio, siendo las pruebas siempre exitosas. Por lo pronto, había quedado evidenciado que era posible modificar la conducta instintiva de numerosos monos, perros, gatos, vacas y hasta incluso insectos. Ahora tocaba ver eso con seres humanos.

Si bien no era el principal problema, no obstante la elección de candidatos no estaba resultando fácil. Por un lado, porque no cualquiera estaría dispuesto a que le manipularan abiertamente su mentalidad (su razón, sus emociones) sin saber qué pasaría luego de la prueba; y por otro, porque había que manejar el asunto con total discreción, como verdadero secreto de Estado que era. Permitir que se supiera podía ser el fracaso total del proyecto.

De camino a su casa, manejando por una autopista y con el aparato (apodado X-80 por el pequeño equipo de científicos) desarmado en el baúl de su vehículo, tuvo la idea: su hijo Bob sería el blanco.

Con disimulo bajó las piezas del arma, las que no llamaron especialmente la atención de su familia. Eran las 8 de la noche, y como cosa inusual Bob se hallaba en casa. Homer demoró no más de media hora en terminar de programar lo que buscaba; básicamente, la conducta a alterar –eso lo había decidido mientras conducía de regreso a casa– era el consumo compulsivo de drogas ilegales por parte de su hijo.

Según la potencia con que se programara, los efectos deberían ser más o menos duraderos. En los animales de experimentación, esos efectos eran palpables, constatables a la vista. En seres humanos se abría la incógnita: ¿se podría programar de tal forma la vida de las personas? Bob sería el primero en dar la respuesta.

Mientras su hijo miraba televisión en su cuarto con la puerta abierta, con sumo disimulo Homer dirigió la antena parabólica hacia su nuca, casi como al pasar. Por lo pronto Bob ni siquiera se enteró. Eso sucedió como a las 10 hs. de la noche.

Al día siguiente, a media mañana el muchacho moría de la angustia por hablar con su padre. Tenía algo sumamente importante que contarle; incluso prefirió no decírselo a su madre, que aquel día se había quedado en la casa no yendo a su oficina de abogada. Alrededor de media mañana no aguantó más y por teléfono le comunicó a Homer la decisión tomada: dejaría las drogas, y además… quería abrazar la vida religiosa. Pero no sólo eso, sino que la sensación de pecado lo había inundado, tornándosele un suplicio su condición de –según dijo– “asqueroso macho pecador”, por lo que también quería cambiar de sexo.

Al mismo tiempo cumplió todo: se sometió a la operación, entró como novicia a un convento de monjas y, por supuesto, dejó las drogas. Ahora vive en una casa de retiro en las afueras de Santa Fe, Nuevo México. El invento de su padre debió ser sometido a nuevos desarrollos para hacerlo más efectivo.

Tomado de su libro “Cuentos filosóficos o El lupanar de París”, de próxima aparición.

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