miércoles, 14 de enero de 2015

Las garras del capitalismo criminal y la omisión del poder de turno

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hoy llegaron los “Reyes Magos” también al país más austral del mundo, en pleno apogeo de la llamada “década ganada”, donde el turismo explotó las playas de los centros turísticos.

Llegaron los “Reyes Magos” trayendo regalitos a los niños cuyos padres tienen la suerte de mantener sus trabajos; los otros quedaron esperando con sus ojitos buscando en el cielo las tres imágenes deseando que se arrepintieran y pegaran la vuelta, porque tal vez se olvidaron de ellos por vivir lejos de la gran ciudad.

Hasta en los días de más connotación religiosa, el capitalismo genocida sigue cobrándose víctimas emulando a Herodes, mientras los shopping atestados de gente dan muestra de una realidad parcial oscurecida, invisibilizada para la mayor parte de la población.

Mientras tantos niños, incluidos los dos que tengo cerca –para ser sincera- recibían su regalito, un niño qom era deglutido por la muerte que hizo uso de algunas de sus herramientas más espeluznantes para arrancarlo de esta tierra: el abandono, la miseria, el olvido. Aparatos provistos por ese capitalismo voraz del que parece tan difícil desprenderse por más discursos bonitos que se empleen y que no son sino maquillaje para blindar una realidad que hoy nos abofeteó como solo golpea el odio más cruel.

Néstor Feminía tenía 7 añitos tratando de pelear contra la desnutrición, la tuberculosis y kilos y kilos de miseria sobre cada costillita que no hubo carne humana que las proteja.

Tenía hambre, mucha hambre y unos ojazos que intuían quién sabe qué paraíso cercano para él, con la misma conmoción que tendrá quién ve a un demonio próximo a tragárselo.

El niño muere en el país conocido como granero del mundo. Muere sin pan dulce en su pancita, sin escuchar el ruido del papel metalizado que envolvería una sorpresa. Lo arrancan de esta vida en el paraje Paso Sosa, a 12 kilómetros de Villa Río Bermejito, en la provincia del Chaco. Era parte de una comunidad indígena de El Impenetrable y pasó sus últimos meses entre puesto sanitario y hospitales, antes de entrar a la página donde quedan estampados para siempre los marginados.

La injusticia social, eufemismo mediante el cual pretende desfigurarse una realidad innegable: el capitalismo y sus secuaces, fue cavando una tumba donde el niño ¿descansará? para siempre.

La tuberculosis, enfermedad que se proclamaba erradicada marcó nuevamente presencia, lo cual demuestra ¡que no fue erradicada ni tres carajos! Porque donde hay hambre, hay enfermedad, bajan las defensas, se instala el parásito de la muerte y va germinando como metástasis de un cáncer incurable.

Tampoco figura ese flagelo como elemento causal de esa muerte ya que el certificado de fallecimiento lleva una sola palabra que indicaría la realidad tapada, muerte por ENFERMEDAD.

Dirá más de uno de los que lean esta nota que al describir esta situación evitable -¡e-vi-ta-ble!- se le está haciendo el juego a la derecha desestabilizadora. Nada hay más lejano que una apreciación así, sabido es que la derecha es cómplice también de estas muertes.

Mis palabras contienen un profundo dolor, una bronca incontenible, una angustia amarga y una realidad innegable, porque la foto que ilustra este escrito es más elocuente que mil palabras. Y el juego a la desestabilización se lo hacen los propios responsables que tienen nombre y apellido. Y tienen mucho dinero, demasiado, tanto, como hambruna tenía el chiquito.

Hoy ha muerto en mi patria un niño de 7 años y mucho, pero mucho, demasiado, padecimiento cruel, bestial, inhumano.

EVITABLE, míreselo desde dónde quiera mirárselo, a menos que no interese porque el niño era indígena. Y hay responsables que deberían hacerse cargo de semejante espanto, porque la muerte por abandono es mucho más triste e irresponsable, aunque no figure en la lista de pecados de ninguna iglesia, también ausente, como quedó tristemente demostrado.

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