miércoles, 18 de febrero de 2015

Psicoanálisis con niños y adolescentes en el 2015

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A los doctores Héctor Ortega Arbeláez,
Jaime Barona Gaviria
e Irene González Maya,
quienes me guiaron por el sendero,
por el que aún camino.

Mi primer contacto con las ciencias ψ fue como consultante al doctor Héctor Ortega Arbeláez; tenía diez años y un poco, a la manera de Charlie Brown, con la fortuna de que mis padres no me enviaron donde una psiquiatra de cinco centavos, sino todo lo contrario, donde un joven psiquiatra, acabado de llegar de los Estados Unidos de América, quien me escuchó, me mandó a que me hicieran un test de Wechsler, uno de Rorscharch y un Thematic Apperception Test (TAT) de Murray, que me resultaron fascinantes, por aquello de de decir qué veía uno cuando le mostraban unas manchas informes:



o que contara cuentos a partir de una suerte de fotogramas cinematográficos.



Creo que, de alguna manera, yo intuía que se preocupaban por mi subjetividad y mi singularidad, en tanto y en cuanto, lo que importaba era aquello que yo veía y aquello que yo podía contar, para en última instancia hablar de mí mismo.

Pero no era posible empezar tratamiento alguno – según nos dijo el doctor – porque el carecía de conocimientos de la técnica del juego y sólo podría tomarme a partir de los catorce años, que ya fuera un adolescente, con quien pudiera utilizar una técnica más verbal.

Y así fue, a los catorce años estuve allí, frente al terapeuta, quien me escuchaba benevolente y, de vez en cuando, hacía una que otra intervención; yo estaba tan maravillado, como la para mí, desconocida, hasta entonces, Anna O. (Bertha Pappenheim) con la talking cure, la cura por el habla, porque era como si fuera descubriendo piezas de un rompecabezas, que me permitían conocerme mejor e iba desapareciendo mis preocupaciones y mis miedos.

Y alguna vez descubrí, ya que coleccionaba la revista Vidas Ilustres de la Editorial Novaro de México, la existencia de Freud; lo que para constituyó todo un acontecimiento.



Quizás no entendí mucho de lo que leí; pero me sentía un poco, como el Prometeo, que descubriera, el fuego de los dioses y tuve muchas dificultades para decírselo; si lo hacía ¿tendría el castigo de aquel Titán de la mitología griega, amigo de los hombres? Pero, enfrenté la resistencia y le narré mi pequeña historieta y ¿cuál no sería mi sorpresa con la respuesta del doctor?

Y ¿por qué no puedes estudiar lo mismo que yo y aún superarme?

Entonces sentí, que se acendraba mi vocación y si no había en la ciudad, quién empleara la técnica para niños; pues, habría de aprenderla.

Afortunadamente, llegó por aquellos días, de la Universidad de Ann Arbor, en Michigan, el doctor Jaime Barona Gaviria, quien inauguraría la psiquiatría infantil en Medellín, a quien no le gustaba que se lo llamase psiquiatra infantil, porque no se trataba de un especialista, que padeciera de un infantilismo, sino que se trataba de un psiquiatra, que trabajaba con niños; pero, eso me hacía pensar que, de todas maneras, había que comprender muy bien el alma infantil, tanto quizás como el Antoine de Saint-Éxupery, que dedica su Petit Prince a León Werth, con las siguientes palabras:

A Léon Werth

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una buena excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de entenderlo todo, incluso los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Necesita ser consolada. Y si todas estas razones no son suficientes, quiero dedicar este libro al niño que esta persona mayor fue una vez. Todas las personas mayores fueron al principio niños. (Aunque pocas de ellas lo recuerdan.) Corrijo, pues, mi dedicatoria:

A LÉON WERTH,
cuando era niño.

Además mis lecturas de Nietzsche me habían enseñado que:

En el hombre auténtico se esconde un niño que quiere jugar, aserto al que Konrad Lorenz aporta un soporte científico, al decirnos que si esa proposición de Nietzsche, no aprehendiese la filogenética y la neotenia intelectual constitutiva del ser humano, se estaría tentado a decir, al invertir los términos: ¡en el niño auténtico hay escondido un hombre que quiere buscar! (1) Puesto que el etólogo nos señala que el ser humano se libera de la coacción fija de los tipos de acción y reacción innatas, probablemente como consecuencia de la domesticación humana, que genera una inhibición específica del desarrollo, para convertirse en un ser abierto al mundo, al cual es capaz de transformarlo, al no acomodarse, sino participar activamente con el entorno, en una relación dialéctica, que es lo que Jean Piaget llamaría adaptación.

El ser humano, por las condiciones específicas del medio en el que habitaba, ha llevado un proceso de domesticación sobre sí mismo y sobre sus semejantes, en la amplia red de las relaciones sociales, que se han configurado a lo largo de milenios; pero, ahí se da una peculiar conjunción del niño y del adulto, que permiten crear, a partir de una curiosidad innata, para lograr condiciones de vida favorables, mediante todo un proceso de transformaciones, de invenciones, que nos hace humanos, demasiado humanos, a diferencia de nuestros ancestros biológicos y de los dioses, proceso que hay que analizar con rigor científico y filosófico, sin prejuicios ni dogmatismos, para alcanzar una mayor comprensión del sujeto en la cultura.

Pero si bien, el ser humano está dotado de razón, nos dicen tanto Konrad Lorenz, como Ernesto Sábato, también está dotado de sin razón, más allá de las ilusiones kantianas; está también gobernado por tipos de acción y reacción innatas, en proporciones más importantes de las que creemos, lo cual tiene trascendencia en su comportamiento social, entre lo apolíneo y lo dionísiaco. (2) (3)

Es decir somos seres pulsionales, para hablar en términos freudianos.

Por ello, Nietzsche considera la necesidad de tener en cuenta el cuerpo, como el hilo conductor y hermenéutico de lo que ha sido el ser humano para la filosofía y la cultura, de ahí que el propio filósofo alemán se considerara a sí mismo un psicólogo, como podemos deducirlo si estudiamos con el debido cuidado su obra Humano, demasiado humano (4), puesto que, como bien lo señala Juan Manuel del Moral, la psicología en Nietzsche tiene una gran importancia, dado el papel primordial, que el filósofo le atribuye, en la génesis y la formación de los conceptos morales, para una interpretación de la cultura occidental, a partir de una genealogía, como labor hermenéutica, para ver cómo surgen, de dónde vienen, de qué forma se constituyen, cómo es que la compasión, la abnegación y la resignación devienen virtudes ideales del cristianismo, de tal forma que pueda demostrarse la falsedad de esta creencia, sin que pueda suponerse que los juicios éticos se fundamenten en verdades absolutas. La psicología, entonces, viene a convertirse en un arma hermenéutica, desmitificadora, que desenmascara, que anima a la destrucción de viejos valores, para instaurar unos nuevos, así pueda acusársela de nihilista.

Para ello, Nietzsche reclama poder adentrarse en las profundidades corporales del alma, de tal modo que puedan surgir médicos filósofos, capaces de promover, la salud total del pueblo, de la humanidad, por la vía de la comprensión del ser humano y la sociedad en la que vive. (5)

Y esta digresión nietzscheana, venía a corroborarse con esta hermosa canción de Alberto Cortez:

https://www.youtube.com/watch?v=v3YRh1FRVzE

Pero qué hacer los qué practicamos el psicoanálisis infantil.

Adalberto Perrota, en sus seminarios en Medellín, nos enseñó algo valioso: No se trata de convertirse en un niño, porque se puede caer en un jugueteo insulso e intrascendente, pues a lo que debemos acudir es a un regresión, instrumental, al servicio del yo, en una situación lúdica, en la que mantenemos un yo adulto observador, que es el que puede hacer la labor interpretativa mientras juega con el niño, como vemos aquí, al entrañable Donald Winnicott:



Luego vino otro gran aprendizaje. Cuando conformamos en la capital antioqueña, a Psiquis, una asociación para estudio y la investigación psicoanalíticos de Medellín, invitamos en una ocasión a Juan Carlos Volnovich, a dictarnos un seminario de psicoanálisis de niños.

Al mandarnos, el profesor invitado, desde Buenos Aires, su programa, lo primero que nos sorprendió fue su título Psicoanálisis de/con niño; ese predicado nos resultaba enigmático; por qué ese de/con, qué ni siquiera imaginábamos qué podía ser, en tanto siempre habíamos visto en las obras de Melanie Klein y todas las que habíamos leído hasta entonces, sobre el tema, Psicoanálisis de niños y fue el maestro invitado, quien a su llegada, nos hablaría de la razón del título, porque él quería, mostrar que el concepto más tradicional psicoanálisis de niños debería cambiarse por el de psicoanálisis con niños, para incluir al infans y al niño mayor como sujetos del enunciado y de la enunciación, sujetos de la conciencia y sujetos del inconsciente, en esa condición permanente del ser humano como sujeto escindido, como sujeto barrado.

Algunos se preguntaban:

¿Qué es un niño? – pregunta que alude más a una pregunta por una cosa, en la línea de la reificación, de la cosificación, de reducir a cosa aquello que no lo es.

Yo prefiero la pregunta:

¿Quién es un niño? – porque apunta a la persona, al sujeto, al que no se lo priva de su condición humana, aquél que tiene la potencialidad de establecer un lazo social, por mudo que parezca, por infans que sea, infante que se define como el que no habla, pero que está inscrito desde el vamos en el lenguaje, al que no se le convierte su conciencia y su inconsciencia en una cosa, como si no fuera más que un objeto material externo, inerte o una simple abstracción.

Creo que el psicoanálisis con niños, no deja de desarrollarse y, por eso, me alegra muchísimo que cuando curioseo sobre qué hay de nuevo en relación con este tema, ahora en el inicio del 2015, me encuentro con una buena cantidad de seminarios, que propugnan por la transmisión de esa inmejorable experiencia, que consiste en hacer psicoanálisis a un niño, donde uno pasa a ser en la hora de juego, una especie de personaje del ensueño del niño, que tanto puede decirnos de su verdad inconsciente.

Notas:
1) Lorenz, K. Trois essais sur le compotement animal et humain. Éditions du Seuil, París, 1970, p. 147.
2) Lorenz, K. op. cit., p. 157
3) Sábato, E. Entrevista “A fondo”. https://www.youtube.com/watch?v=PJWuXklJ-c4
4) Nietzsche, F. Humano, demasiado humano. Editorial Bedout, Medellín, s.f. 296.
5) Jara, J. Nietzsche, un pensador póstumo. El cuerpo como centro de gravedad. Anthropos, Barcelona, 358 pp., 1998

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