martes, 3 de marzo de 2015

Cine clásico: El octavo día (1996)

Jesús Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lo esencial es invisible para los ojos.

Antoine de Saint-Exupéry



DIRECTOR: Jaco Van Dormael
PRODUCCIÓN: Philippe Godeau
PROTAGONISTAS: Pascal Duquenne como Georges
Daniel Auteuil como Harry
Isabelle Sadoyan como madre de Georges
GUIÓN: Jaco Van Dormael
FOTOGRAFÍA: Walther Vanden Ende
DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Hubert Pouille
MONTAJE: Susana Rossberg
MÚSICA: Pierre van Dormael
DISTRIBUIDORA: PolyGram
DURACIÓN: 114 minutos
COLOR: Color
PREMIOS mejor actuación masculina para Pascal Duquenne y Daniel Auteuil.



En la línea de ese subgénero inventado, por Jack Kerouac, la historia de Jaco Van Dormael nos lanzará a lo largo de un camino, en un road-movie, bien alejado de los solitarios parajes de los Estados Unidos de América.

Nos ubicáremos en una Bélgica, densamente poblada, de donde son buena parte del equipo de dirección y el simpático actor, que representa a Georges, Pascal Duquenne, el hombre con síndrome de Down, mongólico que quisiera ser el rey de los mongoles, cuando se sumerge en un mundo lúdico de ensoñación.

A la manera de Forrest Gump, el personaje protagonizado por Tom Hanks, lo vemos sentado en el portal de la institución donde vive, donde no va nadie a visitarlo ni a recogerlo; está allí muy tieso y muy majo, para que lo acompañemos cuando quiere partir por una carretera, que tiene, por señal, una gran flecha, marcadora de un camino hacia adelante, de regreso a casa.

Nuestro protagonista parte en busca de esa buena madre, ya difunta, que dejara en él, una huella imborrable y que lo sostiene, en medio de la soledad, a la que lo ha reducido el resto de la familia, quien se siente bastante contenta, al delegar la responsabilidad del diferente, en una elegante institución, con grandes recursos pedagógicos, pero que al fin y al cabo, no deja de ser un asilo para tontos, un universo de marginación; bien sabemos que aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

Georges emprende su camino, tranquilo y sereno, con el ritmo interior de las rancheras, que le enseñara su madre, quien supo estimular muy bien la aptitud natural para la música, que tienen las personas que sufren síndrome de Down.

Los caminos son vías de entrecruzamientos, de encuentros, que muchas veces pueden resultarnos transformadores; los vínculos humanos, cuando son profundos, logran cambiarnos en lo más hondo de nosotros mismos. Es lo que nos sucede a lo largo del camino de la vida, de la que es clara metáfora, la carretera, the road. En nuestra existencia cruzamos largos senderos, por que solemos movernos a nuestro aire, a nuestro propio ritmo, para ir dando cuenta tanto de nuestra realidad interna, como externa, en un transcurso que se prolonga en una duración determinada. Es como si se tratara de una auténtica peregrinación personal, que puede conducirnos a más soledad acaso o a abrirnos vías desalienantes, que nos permitan salir de la marginalidad, cuando nos lanzamos por sendas inciertas, con proyectos, muchas veces, imprecisos; cuando partimos a la aventura.

Los personajes que las recorren, en multitud de ocasiones, viven, como diría Fernando González, nuestro filósofo de Otraparte, a la enemiga, enfrentados con el sistema que los excluye, en especial en épocas de crisis y gran agitación sociopolítica, que nos obligan a ir por el mundo, en busca de respuestas a una gran cantidad de interrogantes y aunque haya camino, lo verdaderamente importante es lo que logramos hacer al andar.

Y es en esa andadura, donde se da el cruce entre Georges y Harry, un vendedor, problematizado por el divorcio y la separación de su familia, circunstancia que le ha hecho perder el sentido de la vida, que procura encontrar en los afanes de un trabajo compulsivo.

Georges resultará un maestro para él, que le dará lecciones de vida, que le permitirá descubrir espacios de ilusión, esas zonas intermedias entre la realidad material y la psíquica, que pueden depararnos el consuelo de la fantasía, el mito, la religión y el arte.

Es en ese mundo de ensoñación, en el que aparece Luis Mariano, con sus rancheras en francés, o cuando se sueña con una linda de pareja, o con escenarios indómitos donde se puede ser el rey de los mongoles, una especie de refugio contra el desamparo que ocasiona un mundo desafectivizado, con fantasías, que distan mucho del delirio, dada su gran plasticidad, que permite todo un ir y volver de la imaginación a la realidad y viceversa y que dan al filme cierto toque surrealista, de muy buen gusto.

En esa zona intermedia entre la realidad y la fantasía es donde surge el vínculo entre los protagonistas; si bien hay un encuentro material, el uno y el otro van creándose y recreándose ellos mismos, a la par que se construye una intensa relación, proceso al que asistimos a lo largo de la película, en un pasaje que resultará amable, liberador y compensador para cada uno de ello, que pueden, con el encuentro, salir de una soledad, a la que parecían estar condenados irremisiblemente.

A la manera del zorro y el Principito, nuestros héroes parecen dispuestos a descubrir eso esencial, que es invisible para los ojos.

Algunos podrán considerar la película de van Dormael cursi, melodramática, sensiblera, una mercancía más, para un mercado de lágrimas.

Yo creo que se trata de una pequeña obra de arte, dada la delicadeza, con la que el viejo payaso, ahora convertido en director de cine, hace de la puesta en escena, un canto a la humanidad, que es posible encontrar en el interior de los seres humanos, valga la redundancia, esa de la que tantas veces renegamos cuando operamos como si fuéramos robots insensibles, frente al dolor y a la angustia del otro.

Es increíble, la manera como, de forma tan original, el realizador dirige a un hombre con un síndrome de Down, que por definición, se considera que siempre se acompaña de deficiencia mental, en varios niveles y en distintos grados .

Pascal Duquenne nos deslumbra con sus capacidades histriónicas, con su inteligencia social, suficientemente entrenada; y sabemos que, en su vida personal, es un ser bastante creativo: actor, presentador publicitario, músico, bailarín y dibujante, quien lleva una vida bastante autónoma y que incluso ha sido galardonado con el título de comandante de la Orden de la Corona, por Su Majestad Alberto II de Bélgica.

No deja de resultar sorprendente la capacidad de Pascal, quien no es un Tom Hanks, con una inteligencia normal, quien puede hacer muy bien el papel de Forrest Gump, dada su gran calidad y entrenamiento actorales.

El joven logra de una manera sorprendente someterse a la exigencias y la disciplina de la labor cinematográfica, siempre lleno de gusto y alegría, siempre en procura de una actuación lo más perfecta posible.

Pascal Duquenne no era un desconocido para el director en el momento en el que se rodó la película pues el chico ya lo había acompañado en la filmación de Totó, el héroe, en la que el joven mongólico también participó.

El muchacho puede parangonarse con un actor de la excelencia de Daniel Auteuil, a quien habíamos visto ya en la saga, que hizo Claude Berri, de la obra de Marcel Pagnol, El agua de las colinas, en la que representaba al malvado y tontarrón Ugolin y también había encarnado a Enrique IV de Navarra en La reina Margot, la dolorosa historia de la masacre de la noche de San Bartalomé, la matanza de los Hugonetes; de tal suerte que puede considerárselo con Gerard Depardieu, uno de los actores más reconocidos de la Francia de la actualidad.

A ambos actores se les concedería en ese mismo año el premio a la mejor actuación masculina, ex aequo, para utilizar un latinajo, que nos remite a un reconocimiento por igual de la gran calidad de los protagonistas.

Van Dormael logra hacer una película para todas los públicos, una cinta que puede entretener a los chicos y, a las personas más grandes, darles un profundo mensaje de tolerancia, solidaridad y acogida humanas, de tal manera que podamos acercarnos al octavo día, ese momento inexistente en el universo material pero que tiene lugar en nuestro interior, cuando logramos alejarnos de la cotidianidad de un mundo racionalista y disfrutar de una exquisita sensibilidad, más allá de toda de toda cursilería.

No estamos frente a una película light para tiempos superficiales, en los que la apariencia nos aleja del verdadero ser, de lo más esencial, para el sujeto humano, una cosa que está siendo tan olvidada en nuestra sociedad contemporánea.

Pero lo que si resulta toda una falla narrativa es que el director-guionista pareciera haberse encartado para dar un buen punto final a su relato, por lo que recurrió a una solución que puede resultar demasiado fácil, esa de rematar al personaje, al poner a danzar al muchacho en una terraza, desde donde termina precipitándose en el abismo; a todas luces, me resulta una mala alternativa para la narración misma, más allá de todo moralismo. En mi clínica, nunca he visto un caso de suicidio, ni siquiera encubierto, en retardados mentales, y supongo que debe ser aún muchísimo menos frecuente en pacientes con síndrome de Down, quienes se caracterizan por su ternura y afectividad. Sin duda, que podrían ocurrir pasajes al acto de esa naturaleza; en algunos artículos psiquiátricos se habla de algunos casos de actuaciones suicidas en sujetos con retardo mental, pero que son demasiado escasos; textos muy clásicos de la especialidad aseguran que son actuaciones demasiado raras. Tal vez pudiera pensarse que la motivación para el suicidio tenga ver con fantasías de reunión con una madre que el chico espera encontrar en otra vida.

El final resulta como un machetazo, así el director nos lo anticipe con algunos sueños premonitorios, en los que la angustia termina por despertar a un Georges, identificado con aquella hormiguita que es tragada por el hueco negro de la aspiradora.

Pero la película, en general, es hecha con una factura bastante sofisticada, como aquella de las escenas en las que unas jóvenes con retardo bailan ballet, en tomas evocadoras de las delicadas pinturas de Edgar Dègas, lo mismo que ocurre con otra gran cantidad de detalles, que nos permiten detectar como los retardados viven el erotismo, la sexualidad y el amor, en tanto sujetos de deseo, ya que no están hechos de una tela distinta a la de todos los demás seres humanos.



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